Sentido del deber

Sentido del deber

Ernesto Caballero

A Mara

...y as pongo

mi mano en sangre baada

a la puerta: que el honor

con sangre, seor, se lava.

(Caldern. El mdico de su honra. J. III)

Figuras que aparecen

Menca, guardia civil mdico.

Jacinta, guardia civil enfermera.

Enrquez, cabo de la Guardia Civil de Trfico.

Gutirrez, guardia civil destinado en Administracin.

Sargento Reyes, comandante en plaza.

La accin tiene lugar en una casa cuartel de la Benemrita, aqu y ahora: en la nueva Espaa de todos los tiempos.

Escena Primera

Menca es un nmero de la Guardia Civil.

Como mdico atiende

a todos los que viven en la casa cuartel.

Las cinco de la tarde en la enfermera.

Agosto en la comarca.

Quien no duerme la siesta se tiene que aguantar.

As nuestra doctora que hojea una revista

sin ningn inters. Suspira, se levanta

y se emplea en el riego del tpico geranio.

Lo hace con vehemencia y se desborda el agua

al momento que acude Jacinta, su ayudante:

cosecha renegada de los campos pacenses.

Trae el gesto excesivo, excitada en extremo

del suceso que anuncia.

Jacinta. - Ah afuera...

Menca. - S?

Jacinta. - Un herido.

Menca. - Qu ha pasado?

Jacinta. - Uno de Trfico que se ha cado de la moto...

Menca. - Conocido?

Jacinta. - Yo no le he visto nunca, pero ha preguntado por tu marido.

Menca. - Por mi marido?

Jacinta. - Qu te ocurre?

Menca. - Nada... Hazle pasar.

Sale la enfermera dejando una brizna

de inquietud difusa. El cabo Enrquez

entra renqueante. Un desgarro en la pernera

deja entrever un brote de sangre negra.

Jacinta. - Con cuidado... Tmbese aqu... No tiene fractura...

Menca. - Ha tenido suerte, cabo Enrquez...Enrquez. - Ya lo creo, guardia Menca.

Menca. - A sus pies...Enrquez. - Qu haces t aqu?

Menca. - De momento curarte esta herida. Enrquez. - Qu sorpresa.

Menca. - Mira que rtela a dar a la puerta de mi casa.

Enrquez. - El destino.

Menca. - S, mi destino est de sanitaria en esta casa cuartel y el tuyo, por lo que parece, est en Trfico: seccin accidentes.

Enrquez. - Cunto tiempo!

Menca. - Algo ms de tres aos.

Jacinta. - Parece que os conocis.

Menca. - Jacinta, mi ayudante. Miguel ngel Enrquez.

Jacinta. - A sus rdenes, cabo.

Menca. - Y ese galn?

Enrquez. - Mritos por la Patria.

Menca. - Cunto tiempo!

Enrquez. - Tres aos y siete semanas. Lo que tiene uno que hacer para volver a ver a los viejos amigos.

Menca. - El telfono es menos traumtico.

Enrquez. - Nos habamos perdido la pista.

Menca. - Nunca es tarde si la dicha es buena.

Jacinta. - Estoy ah afuera.

Menca. - Gracias, Jacinta.

Jacinta se marcha con un gesto vago que lanza al vaco, un: yo aqu estoy de ms.

Menca. - Cmo te va la vida?

Enrquez. - Ms o menos como siempre.

Menca. - Te has casado?

Enrquez. - No.

Menca. - A qu esperas?

Enrquez. - A que alguna se deje engaar.

Menca. - Sigues igual que siempre.

Enrquez. - A ti en cambio se te ve mucho mejor.

Menca. - No puedo quejarme.

Enrquez. - Desapareciste como el cuerpo del delito.

Menca. - Fue lo mejor.

Enrquez. - Por qu?

Menca. - Todo eso ya es agua pasada.

Enrquez. - Nunca se sabe.

Menca. - Qu quieres decir?

Enrquez. - Donde hubo fuego...

Menca. - Vamos...

Enrquez. - He venido a buscarte.

Menca. - Cmo?

Enrquez. - Es una broma.

Menca. - Yo s me he casado.

Enrquez. - Enhorabuena.

Menca. - Hace un ao.

Enrquez. - Y?

Menca. - Y?

Enrquez. - Nios a la vista?

Menca. - De momento, no.

Enrquez. - Y, qu tal?

Menca. - Qu tal, qu?

Enrquez. - Qu tal, as en general.

Menca. - Bien.

Enrquez. - Bien.

Menca. - Bien, en general.

Enrquez. - Muy bien.

Menca. - S, muy bien.

Silencio.

Esto ya est. Diez das con la venda. Y reposo.

Enrquez. - Tengo que estar en Sevilla esta misma noche.

Menca. - A ver si te pueden llevar. No ests para subirte a la moto.

Enrquez. - Ni la moto est para llevarme.

Menca. - No puedes, ni debes moverte.

Gutirrez. - Ya has odo a la doctora. Aqu ella tiene el mando en plaza. As que ojo. Qu te ha pasado, pikoleto?

Entra el guardia Gutirrez,

un hombre tranquilo que ha echado barriga

sentado a una mesa redactando informes.

Est satisfecho de cmo le ha ido:

su esposa, el trabajo, la vida tranquila,

falta de ambicin.

Enrquez. - Guti! Cunto tiempo, coo! Saba que andabas por esta casa cuartel.

Gutirrez. - Y te has dicho: Vamos a hacerle una visita al bueno de Guti. As que has cogido la moto y casi te descuernas...

Enrquez. - La verdad es que iba con prisa...

Gutirrez. - Algn lo de faldas...

Enrquez. - Pues ya que lo dices.

Gutirrez. - Te has ganado una multa gorda por exceso de velocidad: una buena cena en casa.

Enrquez. - Me gustara, pero...

Gutirrez. - Nada, no hay ms que hablar.

El guardia Gutirrez es hombre de orden.

Se cas algo tarde para la costumbre.

Tiene el trato afable y las cosas claras:

si no te complicas, la vida no es mala.

Espera paciente hijos que no llegan,

y dice que acepta que trabaje ella,

siempre y cuando cuide las cosas de casa.

Nunca se ha quejado. Y se enfada poco,

por eso su fama es de pusilnime,

as que se encarga de la burocracia,

de asuntos internos, y de lo que haga falta.

Gutirrez. - Ser posible... Salirte de la calzada... Seguro que ibas como una bala... Te conozco...

Enrquez. - Quera hacerte una visita y no encontraba la excusa...

Gutirrez. - Ests en buenas manos.

Enrquez. - Ya me he dado cuenta.

Gutirrez. - Menca, tu doctora, es mi mujer.

Enrquez. - Ya.

Gutirrez. - Te extraa, verdad? Los feos tenemos suerte.

Menca. - Yo s que he tenido suerte.

Gutirrez. - Y eso?

Menca. - Contigo.

Gutirrez. - Es la primera vez que me haces un cumplido en pblico.

Menca. - De qu os conocis?

Gutirrez. - De la Escuela de Guardias Jvenes. Qu ha sido de ti desde entonces? Veo que te han ascendido.

Enrquez. - Estuve en el Norte.

Gutirrez. - Y ahora?

Enrquez. - En Sevilla. Comandancia de Trfico.

Gutirrez. - Ya nos contars qu se te haba perdido aqu, en la comarca.

Enrquez. - Cumpla una misin.

Gutirrez. - Qu misterio. Ms tarde, en la cena nos lo cuentas todo.

Enrquez. - Tengo que marcharme.

Gutirrez. - As como ests?

Enrquez. - No es nada.

Menca. - No debe moverse.

Gutirrez. - Ya has odo a la especialista. Ella manda, como doctora y como mujer.

Enrquez. - De verdad, no puedo.

Gutirrez. - Pero, por qu?

Enrquez. - Tengo una amiga...

Gutirrez. - Una amiga?

Enrquez. - Y un amigo...

Gutirrez. - Y?

Enrquez. - Y mi amiga es muy amiga de mi amigo.

Gutirrez. - Qu quieres decir?

Enrquez. - Tengo que cuidar lo mo.

Gutirrez. - Pues vaya amiga.

Menca. - Pues vaya amigo.

Gutirrez. - Hay mujeres y mujeres.

Menca. - Muchas veces uno ve sntomas donde no los hay. Empieza a medicarse, y al final, como se suele decir, es peor el remedio que la enfermedad. Si de verdad confas en ti, y sobre todo, en esa mujer, demustralo. Porque no dudo que si te has fijado en ella es porque es de fiar.

Enrquez. - Doctora, quien confa en una mujer s que es un loco de atar.

Reyes. - Qu pasa, cabo, que ahora los de Trfico sois los que tenis los accidentes? El mundo del revs. Mala cosa.

Entra el sargento Reyes, comandante en plaza,

rostro abotargado de tanto cubata.

Su campechana resulta forzada,

tal vez porque eleva el tono de voz

y porque se siente un rey capataz.

Enrquez. - Me alegro de volver a verle, mi sargento.

Gutirrez. - Os conocis?

Reyes. - Hemos compartido destino en las Vascongadas.

Enrquez. - No me lo recuerde.

Reyes. - Cmo ests?

Enrquez. - Estupendamente.

Menca. - No tiene fractura.

Gutirrez. - De stas ya ha tenido unas cuantas jugando al ftbol. Te acuerdas?

Enrquez. - Cmo no voy a recordar tus entradas en plancha?

Reyes. - Aqu todo dios se conoce. Qu hacas por aqu?

Enrquez. - Segua un coche sospechoso. Moros. Coche robado.

Reyes. - Pues da el parte en Sevilla. Que aqu no queremos los.

Enrquez. - Ahora mismo sala para all.

Gutirrez. - Despus de cenar.

Menca. - No est para viajes.

Reyes. - Lo dicho. T a la buena vida y que hoy pringuen otros.

Gutirrez. - Lo dice por m. Entro esta noche de guardia de puertas.

Reyes. - Pues a vigilar.

Enrquez. - Que te sea leve.

Gutirrez. - Entro a media noche. Tenemos tiempo de cenar juntos.

Enrquez. - En fin, sea. Acepto vuestra invitacin.

Reyes. - As se habla. De momento te vas a tomar un pelotazo, que es la mejor medicina.

Jacinta. - Y nosotras, qu?

Reyes. - Vosotras a preparar la cena.

Menca. - La mujer y la sartn en la cocina estn bien.

Reyes. - Qu mujer ms lista.

Gutirrez. - No tanto, no tanto...

Menca. - Por qu dices eso?

Gutirrez. - Porque te has casado con este pringado.

Y salen, jocosos, el sargento Reyes

y el cabo Enrquez

y el guardia Gutirrez.

Jacinta. - Te ocurre algo?

Menca. - No es nada.

Jacinta. - Cualquiera lo dira.

Menca. - Jacinta, eres mi amiga.

Jacinta. - Eso creo.

Menca. - Esto que no salga de aqu...

Jacinta. - Descuida.

Menca. - Estuve saliendo con ese cabo... antes de casarme... claro...

Jacinta. - T y l?

Menca. - S.

Jacinta. - Y?

Menca. - Cuando me cas dej de salir con l.

Jacinta. - Lo normal.

Menca. - Pues eso es todo.

Jacinta. - Vaya.

Menca. - Desde entonces no ha habido nada.

Jacinta. - No le has visto desde entonces?

Menca. - Nunca hasta hoy. Tres aos y siete semanas.

Jacinta. - Y?

Menca. - Y qu?

Jacinta. - Qu es lo que has sentido?

Menca. - Sentido?

Jacinta. - Digo yo que algo habrs sentido.

Menca. - Algo.

Jacinta. - Algo como qu?

Menca. - No lo s, Jacinta.

Jacinta. - No sabes? Pues no es un hombre que deje indiferente a una mujer.

Menca. - Vamos a preparar la cena.

Recogen sus cosas,

se miran un rato

y apagan la luz.

Escena Segunda

Se acaba la cena con dulces de postre

para la ocasin. La tele, olvidada,

vocea encendida; aunque no perturba

la animada charla que tiene lugar.

Enrquez. - Haca tiempo que no cenaba tan bien.

Gutirrez. - Menca es de las pocas mujeres modernas que an saben cocinar.

Menca. - Todo el mrito es de Jacinta.

Jacinta. - Me he esmerado para la ocasin.

Gutirrez. - A los hombres se les gana por el estmago.

Jacinta. - No a todos.

Gutirrez. - Que se lo digan a Coqun...

Enrquez. - Quin es Coqun?

Gutirrez. - Un guardia muy formal que ahora est en Melilla.

Jacinta. - Ceuta...

Gutirrez. - Bueno, pues eso. Ceuta.

Enrquez. - Y qu pasa con l?

Gutirrez. - Que te lo cuente Jacinta.

Jacinta. - Me fij en l, pero...

Enrquez. - Pero?

Jacinta. - l no en m.

Enrquez. - Qu ignorante.

Jacinta. - Tengo un pequeo defecto que l no poda llevar.

Enrquez. - Y era?

Jacinta. - Ser mujer.

Gutirrez. - Tena la taquilla plagada de fotos de tas para disimular. Nos la dio a todos con queso. Sobre todo a Jacinta.

Enrquez. - Uno no puede fiarse ni de su sombra.

Gutirrez. - Lo dices por lo de tu novia?

Jacinta. - Tienes novia...

Enrquez. - No s...

Jacinta. - Pues esas cosas se saben.

Enrquez. - No siempre.

Jacinta. - Cuando una mujer siente, se le nota.

Enrquez. - El qu?

Jacinta. - Que siente.

Enrquez. - Ya.

Menca. - Un poco ms de caf.

Enrquez. - No gracias, me quita el sueo.

Gutirrez. - A m no me ofreces ms?

Menca. - S, perdona...

Gutirrez. - Yo s que lo necesito.

Jacinta. - Y t no haces guardias?

Enrquez. - Estoy rebajado.

Jacinta. - Pues a Guti le caen todas.

Gutirrez. - Tampoco es para tanto. Aqu las guardias son tranquilas.

Jacinta. - Me imagino que nada que ver con el Norte.

Enrquez. - Comparado con aquello, esto es un campamento de boy - scouts... Lo que peor llevaba era lo del chaleco antibalas, sobre todo en verano.

Jacinta. - Me encantan los hombres en chaleco antibalas... Un licor?

Enrquez. - Gracias.

Jacinta. - Por lo del chaleco o por el licor?

Menca. - Jacinta creo que t ya has bebido bastante.

Jacinta. - Espero que el de Trfico me haga el control de alcoholemia.

Menca. - Jacinta...

Jacinta. - Dame un respiro doctora, que no estamos consulta. Guti?

Gutirrez. - Disfrutadlo vosotros. Este boy - scout tiene que cumplir con su obligacin.

Enrquez. - Guti, no has cambiado. En la Escuelacuartel era el nico que llegaba sobrio al cuartel despus de los permisos de fin de semana.

Gutirrez. - Alguien tena que conducir.

Enrquez. - Tmate otra copa. Un da es un da...

Gutirrez. - No insistas.

Jacinta. - Hay que ver lo distintos que sois.

Menca. - Los buenos amigos funcionan mejor siendo diferentes...

Jacinta. - Con los amigos puede... pero cuando se trata de una relacin de pareja la cosa cambia...

Menca. - Qu cosa cambia?

Jacinta. - Lo dice el refrn: Dios los cra y ellos se juntan.

Enrquez. - No siempre es tan fcil...

Gutirrez. - Tienes que dejarla.

Enrquez. - Qu?

Gutirrez. - La chica esa de la que nos has hablado. Me da que no te conviene.

Enrquez. - Tienes razn.

Jacinta. - Pues candidatas aqu no faltan.

Menca. - Jacinta!

Jacinta. - Djanos que tambin lo intentemos las dems. T ya tuviste tu oportunidad de...

Silencio.

Menca. - De encontrar a mi media naranja... Un poco ms de licor?

Gutirrez. - Entro de servicio.

Menca. - Buena guardia, cario.

Gutirrez. - Todava hay tiempo.

Y quedan en silencio mirando la tele.

Y de vez en cuando, mirando el reloj.

Escena Tercera

Son las doce y media en el domicilio

del guardia Gutirrez. Su esposa Menca

apaga la tele y se va a acostar.

Es noche cerrada, sin luna ni estrellas:

noche de olvidar, sin sueos de anhelos

que hagan despertar de la pura nada:

del olvido oscuro que trae la renuncia.

Menca, la esposa, se toma dos valiums,

se mete en la cama e intenta leer.

Todo desfallece, hasta que unos golpes

reanudan la vida con su sobresalto.

Llaman a la puerta, y el pecho se enciende

de ansia y confusin.

Menca. - Quin es?Enrquez. - Soy yo... Abre.

Menca abre. Entra Enrquez.

Menca. - Qu pasa?

Enrquez. - Buenas noches.

Menca. - Pasa algo?

Enrquez. - Tranquila.

Menca. - Cmo ests?

Enrquez. - Mejor ahora que te veo.

Menca. - Qu quieres?

Enrquez. - Saber si tena razn Jacinta.

Menca. - Cmo?

Enrquez. - A toda mujer que siente se le nota?

Menca. - De qu me ests hablando?

Enrquez. - S, se te nota.

Menca. - Qu?

Enrquez. - Aunque trates de disimularlo.

Menca. - Has bebido.

Enrquez. - Por ti los vientos.

Menca. - Ya basta.

Enrquez. - Menca.

Menca. - Lo pasado, pasado.

Enrquez. - Y lo presente?

Menca. - Qu es lo presente?

Enrquez. - Aqu me tienes.

Menca. - Djame...

Enrquez. - Es inevitable.

Menca. - Por favor...

Enrquez. - No quieres?

Menca. - No puedo.

Enrquez. - Querer es poder.

Menca. - Estoy casada.

Enrquez. - Un papel.

Menca. - Que compromete.

Enrquez. - Qu es lo que te compromete?

Menca. - No puedes estar aqu a estas horas.

Enrquez. - No te preocupes. Nadie me ha visto. Nadie nos ve. Y lo que no se ve no existe. No

me ofreces una copa?

Menca. - No.

Enrquez. - Y un vaso de agua?

Menca. - Pero...

Enrquez. - Slo agua.

Menca. - Y despus?

Enrquez. - Me ir. Te doy mi palabra.

Menca. - Est bien.

Sale Menca hacia la cocina

con gesto de incmoda resignacin.

Enrquez contempla la estancia

indiscretamente. Regresa Menca

con un vaso de agua helada.

Enrquez. - Cuntas plantas. Esto es cosa tuya. Siempre te gustaron. Tenis que tener cuidado por la noche. Por el oxgeno, ya sabes.

Menca. - De noche una tiene que tener cuidado con otras especies.

Enrquez. - Te molesto?

Menca. - Tmate el agua y vete a dormir.

Enrquez. - Por qu tanto hielo?

Menca. - Lo mejor para la sed.

Enrquez. - Pues para la planta.

Menca. - Dios mo!

Enrquez. - Qu pasa?

Menca. - Mi esposo...

Enrquez. - No puede ser. Est de guardia.

Menca. - Vete, por favor.

Enrquez. - No hemos hecho nada.

Menca. - Aqu la gente habla mucho... Sal por esa puerta... Da a un patio trasero... Hay una tapia, pero no es muy alta... Vete, por favor...

Enrquez. - Si t me lo pides.

Beso inesperado

que despierta un instante

fugaz pero cierto

en esta pareja.

(Por llamarla as.)

Hasta pronto.

Y desaparece como los presagios.

Silencio de piedra. Y entra Gutirrez.

Gutirrez. - Buenas noches.

Menca. - Qu haces aqu?

Gutirrez. - Creo que esta es mi casa.

Menca. - Y la guardia?

Gutirrez. - Estoy en ella. Acabo de salir del puesto y no entro de nuevo hasta dentro de dos horas.

Menca. - No has debido abandonar el Cuerpo de Guardia.

Gutirrez. - Tena ganas de verte.

Menca. - Qu tienes?

Gutirrez. - Ganas de estar contigo.

Menca. - Te pasa algo?

Gutirrez. - A m nada. Y a ti?

Menca. - Nada, por qu me preguntas?

Gutirrez. - Ests despierta a estas horas.

Menca. - Con este calor no poda dormir. Me he levantado a tomarme una pastilla...

Gutirrez. - Para dormir.

Menca. - Claro...

Silencio.

Mirada de hielo

al hielo que se desangra.

Le ech hielo al agua y despus me arrepent...

Gutirrez. - Te arrepentiste

Menca. - Estaba muy fra el agua.

Gutirrez. - Muy fra.

Menca. - S.

Gutirrez. - Vamos al sof.

Menca. - Para qu?

Gutirrez. - Para acariciarte.

Menca. - Ahora?

Gutirrez. - Por qu no?

Menca. - Ahora no es momento.

Gutirrez. - Nunca es el momento.

Menca. - Qu quieres que hagamos?

Gutirrez. - Lo que hacen los novios cuando se desean.

Menca. - No s qu te ha dado.

Gutirrez. - Anda, sintate.

Y juntos se sientan, se besan, se tocan

sin espontaneidad; como en un concurso hortera

de la televisin. Algo se ha quebrado

y no saben qu. O al menos, no quieren

saber lo que saben.

Caricias que intentan convertirse en puentes

de estabilidad.

Y tambin la escena se quiebra. Jacinta

ha llegado para dar la alarma

con aire alterado de preocupacin.

Jacinta. - Hay un sospechoso en el patio. Lo he visto desde mi ventana. Hay que avisar al sargento. Gutirrez. - Quedaos aqu.

Menca. - Dnde vas?

Gutirrez. - Echar un vistazo...

Menca. - No vayas...

Gutirrez. - Y eso?

Menca. - Ten mucho cuidado.

Gutirrez. - Lo tendr, descuida.

Jacinta. - Ay, Virgen santa!

Gutirrez. - No hagis ruido.

Abandona la estancia

desenfundada

el arma reglamentaria.

Jacinta. - Hay que avisar al sargento. Puede ser un

terrorista.

Menca. - Es el cabo Enrquez.

Jacinta. - Qu?

Menca. - Vino a visitarme.

Jacinta. - No me lo puedo creer.

Menca. - No es lo que piensas.Jacinta. - Yo lo nico que pienso es que la he metido hasta el fondo. Menca. - Todo esto es un malentendido. No tengo nada que ocultarle a mi marido.

Jacinta. - No, si ya...

Menca. - Lo que hubo entre nosotros termin hace tiempo.

Jacinta. - Eso ya lo has dicho.

Menca. - Bueno, l... de repente l...

Jacinta. - Me quedar ms callada que una muerta. Te doy mi palabra.

Menca. - No hay nada de nada.

Jacinta. - Habra que decirle a Guti que se trata de una falsa alarma...

Menca. - No s si conviene.

Jacinta. - Por qu?

Menca. - La gente es muy retorcida.

Regresa Gutirrez bastante nervioso.

Gutirrez. - No he visto a nadie. Hay que dar la alarma.

Jacinta. - A lo mejor yo me he confundido.

Gutirrez. - Cmo?

Jacinta. - La cena no me ha sentado muy bien. Estaba dormida, cre or ruidos en el patio. Debi de ser el gato.

Gutirrez. - Entre un gato y un hombre hay alguna diferencia.

Jacinta. - No merece la pena despertar a todo el cuartel.

Menca. - Puede que Jacinta tenga razn. Anda, guarda el arma.

Jacinta. - El gato que ha vuelto... Ya lo dbamos por desaparecido pero ha vuelto... Ya me retiro... Buenas noches... Y perdn...

Menca. - Buenas noches, Jacinta.

Jacinta se retira tensa y cabizbaja.

Silencio violento en la noche espesa.

Menca. - No vuelves al puesto?

Gutirrez. - Ahora mismo.

Menca. - Guti...

Gutirrez. - S?

Menca. - No pasa nada.

Gutirrez. - Que descanses.

Y el hielo,

sucio de tierra,

palpita en la maceta

como un corazn que se deshace.

Escena Cuarta

Maana siguiente. Interior de da.

El sargento Reyes apura el desayuno.

Luego llega Gutirrez, al que ha hecho llamar.

Saludo obligatorio y el aire contrariado

del comandante en puesto.

Aqu hay lo de faldas, parece barruntar

y eso, siempre a la larga, se tiene que sentir.

Reyes. - Qu, coo, pas anoche?

Gutirrez. - Cmo?

Reyes. - Por qu abandonaste el puesto?

Gutirrez. - Fueron cinco minutos, mi sargento.

Reyes. - Tendra que arrestarte.

Gutirrez. - Lo s, mi sargento.

Reyes. - Y encima no das parte del incidente...

Gutirrez. - No s a lo que se refiere.

Reyes. - Anoche Jacinta crey ver a un sospechoso merodear por el cuartel.

Gutirrez. - Yo no vi a nadie.

Reyes. - Por qu no diste la alarma?

Gutirrez. - No lo consider necesario. La propia Jacinta dice que fue el gato.

Reyes. - Y t tan tranquilo. Y si ese gato nos ha co.locado un petardo? He estado a punto de pedirle al cabo Enrquez que organice una inspeccin.

Gutirrez. - Pero cmo...

Reyes. - Entrate t de lo que ha pasado. Quiero un informe. Averigua.

Gutirrez. - A sus rdenes, mi sargento.

Reyes. - Mira Guti, aqu nunca pasa nada... hasta que pasa. Este es un destino tranquilo, estamos todos muy relajados. Demasiado. Aqu se vive bien. Soy el primero en hacer la vista gorda. Pero siempre he dado por descontando que en mis hombres segua vivo el sentido del deber. Guti, me has fallado.

Gutirrez. - Le juro, mi sargento, que no percib ningn peligro.

Reyes. - Eres muy confiado. Nunca te pones en lo peor.

Gutirrez. - Tiene razn, mi sargento.

Reyes. - Y tu mujer?

Gutirrez. - Qu pasa con mi mujer?

Reyes. - Tampoco vio nada?

Gutirrez. - Tampoco.

Reyes. - Ni al gato.

Gutirrez. - Ni al gato.

Reyes. - Por qu abandonaste el puesto?

Gutirrez. - Necesitaba pasar por casa.

Reyes. - Para qu?

Gutirrez. - Menca no se encontraba bien.

Reyes. - Las mujeres a veces se cansan.

Gutirrez. - De qu?

Reyes. - De la vida en este pueblo.

Gutirrez. - No es el caso de Menca.

Reyes. - La vida en este acuartelamiento no es muy divertida, y menos para una mujer.

Gutirrez. - Ella ya saba lo que haca cuando entr en el Cuerpo.

Reyes. - Igual esperaba otro destino.

Gutirrez. - Su destino es este.

Reyes. - Un consejo. Prstale ms atencin a tu mujer.

Gutirrez. - Soy un buen marido.

Reyes. - En puestos como este las mujeres se exigen demasiado. Tanto esfuerzo no es natural. Gutirrez. - Hay mujeres y mujeres.

Reyes. - Demasiado sentimiento. La mujer es como el agua. Todo lo anega, necesita al hombre para

contener la riada. Demasiado sentimiento.

Gutirrez. - En casa somos gente de orden.

Reyes. - Por ese orden hay que desvelarse.

Gutirrez. - Eso se procura.

Reyes. - Scala a bailar.

Gutirrez. - Ordena alguna otra cosa?

Reyes. - Puedes retirarte.

Gutirrez. - A sus rdenes.

Reyes. - Oye, Guti...

Gutirrez. - S?

Reyes. - Sabes lo que le dijo la mujer al Diablo?

Gutirrez. - El qu, mi sargento?

Reyes. - Te puedo ayudar en algo?

Taconazo certero del nmero Gutirrez;

y se aleja escamado como un mal perdedor.

El Cuerpo sin mujeres, farfulla el comandante,

es lo que siempre ha sido el orden natural.

Escena Quinta

El guardia Gutirrez termina su informe

sentado debajo de un ventilador.

El hombre paciente se muestra intranquilo

aunque intenta, en vano, mantener la calma.

La sagrada calma por la que ha luchado

con resignacin. Todo por la calma

era su divisa, y ahora, en un momento,

presiente que el mundo podra estallar.

Enrquez. - Qu pasa? Hay alguna pista?Gutirrez. - Nada, falsa alarma. Lo del gato parece lo ms probable...

Enrquez. - Yo vi a alguien.

Gutirrez. - A quin?

Enrquez. - Vi un hombre salir corriendo.

Gutirrez. - Seguro?

Enrquez. - S.

Gutirrez. - No lo has dicho antes?

Enrquez. - Prefera comunicrtelo oficialmente.

Gutirrez. - Quin crees que pudo ser?

Enrquez. - Algn extrao.

Gutirrez. - Por qu no diste la alarma?

Enrquez. - No pareca peligroso.

Gutirrez. - Nunca se sabe.

Enrquez. - Rete del agua mansa.

Gutirrez. - Habr que andarse con precaucin.

Enrquez. - Un guardia siempre tiene que estar alerta.

Gutirrez. - Y cumplir con su deber.

Enrquez. - Exactamente.

Gutirrez. - Con cabeza. Enrquez. - Con el alma.

Se encuentran dos hombres

que fueron amigos.

Ahora sus miradas se emplean a fondo

para situarse con respecto al otro

en un oportuno y nuevo lugar.

Enrquez. - Hemos cambiado, Guti.

Gutirrez. - Seguimos igual.

Enrquez. - Antes eras ms alegre.

Gutirrez. - Ahora estoy casado.

Enrquez. - Y?

Gutirrez. - Las mujeres...

Enrquez. - Qu?

Gutirrez. - Le hacen a uno sentar cabeza.

Enrquez. - O perderla.

Gutirrez. - Yo la quiero.

Enrquez. - Qu?

Gutirrez. - Quiero a Menca.

Enrquez. - Me alegro.

Gutirrez. - Aunque...

Enrquez. - Aunque?

Gutirrez. - Ya no nos entendemos como antes...

Enrquez. - No?

Gutirrez. - No dormimos juntos.

Enrquez. - Lo siento.

Gutirrez. - No tienes por qu. Tenemos algo ms valioso: un compromiso mutuo, un lugar que compartimos y que est por encima del deseo.

Enrquez. - No la deseas?

Gutirrez. - Con locura.

Enrquez. - Entonces?

Gutirrez. - A mi modo.

Enrquez. - No te entiendo.

Gutirrez. - Pues est muy claro.

Enrquez. - Y ella?

Gutirrez. - Ella?

Enrquez. - Piensa como t?

Gutirrez. - Y yo como ella.

Enrquez. - El mismo deseo?

Gutirrez. - Nuestro matrimonio.

Enrquez. - Te envidio.

Gutirrez. - Por qu?

Enrquez. - Por tenerlo claro.

Gutirrez. - T tambin lo tienes claro.

Enrquez. - Yo?

Gutirrez. - Las mujeres te cansan enseguida.

Enrquez. - He cambiado.

Gutirrez. - Y ahora?

Enrquez. - Ahora s lo que no quiero.

Gutirrez. - Me alegro.

Enrquez. - Ahora busco una mujer real.

Gutirrez. - Aqu no est.

Enrquez. - Todava no la he encontrado.

Gutirrez. - Aqu no est.

Y el ventilador agita sus aspas

remueve en el aire temor, suspicacia

y un aliento vago de fatalidad.

Escena Sexta

El guardia Gutirrez como cada noche

al llegar a casa ojea cansado

la correspondencia. Llaman a la puerta.

No abre, lo piensa y al final se esconde.

Al rato Menca, en salto de cama, sale para abrir.

Jacinta, de nuevo.

Menca. - Qu pasa?

Jacinta. - Ha llegado Guti?

Menca. - Todava no. Qu pasa?

Jacinta. - Estabas dormida?

Menca. - Pensaba en la cama.

Jacinta. - En quin?

Menca. - Jacinta, qu quieres?

Jacinta. - Te traigo un regalo.

Menca. - Y esto?

Jacinta. - Me ha dicho que esta planta lleva tu nombre y que por eso hay que prestarle muchos cuidados...

Menca. - Calla...

Jacinta. - Y tambin, que le hubiera gustado drtela personalmente.

Menca. - Qu hago con esto?

Jacinta. - T sabrs.

Menca. - La llevar a la enfermera.

Jacinta. - Donde el reencuentro?

Menca. - Guti est al caer.

Jacinta. - Si an no ha cado.

Menca. - Por qu dices eso?

Jacinta. - Por nada, me marcho. A ver si la prxima vez en vez de la planta de un guardia, te traigo un guardia con muy buena planta.

Y se va Jacinta con sabia malicia.

Y la insomne esposa observa la planta

como quien observa un claro de luna.

Y vuelve a la cama. Y entonces su esposo,

el guardia Gutirrez,

reabre la puerta. Sonido de llaves

y gesto forzado del que hace que llega

por primera vez.

Menca. - Qu susto me has dado.

Gutirrez. - Estaras en lo tuyo...

Menca. - No poda dormir.

Gutirrez. - Ya...

Menca. - T qu tal.

Gutirrez. - Bien, muy bien...

Menca. - Esa planta me la ha trado Jacinta...

Gutirrez. - Y eso?

Menca. - Un detalle. Tiene mala conciencia por el susto que anoche nos dio.

Gutirrez. - Mala cosa.

Menca. - El qu?

Gutirrez. - La mala conciencia.

Menca. - Pues s, mala cosa.

Gutirrez. - Galn de noche.

Menca. - Qu?

Gutirrez. - Esta planta se llama galn de noche.

Menca. - No lo saba.

Gutirrez. - Muy potico.

Menca. - Cosas de Jacinta.

Gutirrez. - Qu vas a hacer?

Menca. - Con qu?

Gutirrez. - Con la planta.

Menca. - Llevarla a la enfermera. Aqu hay poca luz.

Gutirrez. - Pues yo veo muy bien.

Y con parsimonia apaga la luz.

Menca. - Qu haces?

Gutirrez. - Apago la luz.

Menca. - Por qu?

Gutirrez. - Porque es hora de irse a la cama.

Menca. - No tengo sueo.

Gutirrez. - Yo tampoco.

Y son dos extraos

que se han conocido por primera vez.

Escena Sptima

En la enfermera dos cuerpos vestidos

anhelan la carne con ansias de celo.

El sargento Reyes babea en Jacinta que se aplica

diestra en la felacin.

Jacinta. - Galn de noche.

Reyes. - Qu?

Jacinta. - Lo que te estaba contando... Esa planta se llama amor de galn de noche. Me dijo: dile que

esta planta requiere muchos cuidados... y que le hubiera gustado drsela personalmente.

Reyes. - No me hace gracia.

Jacinta. - Qu te pasa?

Reyes. - Guti tiene que saberlo.

Jacinta. - S, hombre...

Reyes. - Sabes lo que es lealtad?

Jacinta. - Lo que le debo a Menca, y t me debes a m.

Reyes. - Yo a ti?

Jacinta. - Anda, no te pongas serio...

Reyes. - Ay, Jacinta, no s qu me das...

Jacinta. - Te doy lo que otras no dan...

Reyes. - Viene alguien... Dijiste que a estas horas...

Jacinta. - Es Menca... Ha debido olvidarse algo.

Reyes. - Qu hacemos?

Jacinta. - No te va a quedar ms remedio que esconderte ah.

Reyes. - Ests loca?

Jacinta. - T vers...

Sin mucho sentido de la dignidad

el sargento Reyes se oculta en un cuarto.

Entra una pareja:

difcil pareja de la Benemrita.

Menca. - Qu haces t aqu?

Jacinta. - He venido a recoger mi bata para lavarla...

Menca. - Ya...

Jacinta. - Y t?

Menca. - He venido a dejar esta planta...

Jacinta. - Ya.

Menca. - De camino me he encontrado con el cabo y voy a aprovechar para hacerle una revisin.

Jacinta. - Est bien pensado.

Menca. - Voy a cambiar la venda.

Jacinta. - Qu tal va esa herida?

Enrquez. - Se resiste a cicatrizar.

Jacinta. - Eso es por falta de reposo.

Menca. - Gracias Jacinta, ya me ocupo yo.

Jacinta. - Ya veo.

Menca. - Entonces?

Jacinta. - Entonces?

Menca. - Por qu no te vas?

Jacinta. - S, claro, me voy...

Menca. - Pues adis.

Jacinta. - Me voy...

Y sale Jacinta no muy convencida

aunque algo excitada por la situacin.

Jacinta. - Me voy...

Menca. - Parece mentira cmo esa planta puede cambiar tanto el ambiente.

Enrquez. - A veces slo una palabra lo cambia todo.

Menca. - O un silencio.

Enrquez. - O un silencio.

Irrumpe el silencio recin invocado.

Menca. - No s qu ms podemos decirnos...Enrquez. - Nada...

Y la nada encuentra en un beso

su contradiccin.

Menca. - Ya basta.

Enrquez. - Por qu?

Menca. - No puedo, por l.

Enrquez. - Algn da tendr que saberlo.

Menca. - Lo que pas entre nosotros fue hace tiempo, antes de conocerle.

Enrquez. - Y lo que pasa ahora?

Menca. - Ahora hay que ser fuerte.

Enrquez. - Valiente hay que ser.

Menca. - Hasta la traicin?

Enrquez. - Eso nunca. Nunca traicionar a lo que uno siente.

Menca. - Siento mi deber.

Enrquez. - Que es venir conmigo.

Menca. - Djame, por Dios.

Enrquez. - Est bien. Maana...

Menca. - Maana?

Enrquez. - Maana me voy.

Enrquez se marcha de la enfermera.

Menca se queda turbada y confusa

como tantas damas que hay en Caldern.

Y como en sus comedias hay un escondido

que lo escucha todo: Las paredes oyen

siempre fatalmente, y por un acaso se puede liar.

Escena Octava

La tarde se estira a base de hielo, de tnica y Larios.

Un televisor que no atiende nadie

va escupiendo ruido como quien vomita

a solas sus penas.

Revistas de coches y de seoritas

ambientan la estancia,

y hay fotografas en marcos, firmadas

por los futbolistas del Real Madrid.

El sargento Reyes se escucha, cargado,

y el cabo Gutirrez no puede llorar.

Reyes. - Te hablo como a un amigo. Nadie elige realmente a su esposa. Es la suerte. Como si Dios tuviese a las mujeres en una caseta de feria para sortearlas entre los hombres. Yo he tenido suerte con la que me ha tocado.

Gutirrez. - Mi mujer.

Reyes. - Tu mujer.

Gutirrez. - Es una santa.

Reyes. - Ya lo s, Guti, ya lo s.

Gutirrez. - Pero...

Reyes. - Eso mismo digo yo: pero.

Gutirrez. - Pero qu...?

Reyes. - Te tengo por una persona responsable.

Gutirrez. - En esas estoy.

Reyes. - Pues no se hable ms.

Beben en silencio

con una vehemencia

casi patolgica.

Gutirrez. - Yo...

Reyes. - T...

Gutirrez. - Yo...

Reyes. - S?

Gutirrez. - La quiero...

Reyes. - Natural.

Gutirrez. - Entonces?

Reyes. - Entonces?

Gutirrez. - No s...

Reyes. - Esa es la cuestin.

Inconsciente cita

del prncipe Hamlet.

De nuevo otro trago

de amarga ansiedad.

Gutirrez. - Todava no ha pasado nada.

Reyes. - No ha pasado nada.

Gutirrez. - Todava.

Reyes. - Todava.

Gutirrez. - No va a pasar nada.

Reyes. - Mejor para todos.

Pero mira cmo beben

los hombres resentidos,

pero mira cmo beben

por un poco de olvido.

Gutirrez. - Usted qu hara si se enterara...

Reyes. - Si me enterara de qu?

Gutirrez. - De que su mujer...

Reyes. - Mi mujer es una santa.

Gutirrez. - Todas son unas santas.

Reyes. - Mira Guti, si mi mujer estuviera tan buena como est la tuya, te aseguro que no pegara ojo por las noches. Y no me refiero a tenerla conten.ta en la cama.

Gutirrez. - Yo siempre la he tratado bien. Nunca le ha faltado de nada.

Reyes. - Pues que tampoco le falte una cosa.

Gutirrez. - Qu cosa?

Reyes. - Autoridad.

Gutirrez. - No soy un hombre violento.

Reyes. - Nadie habla de eso. Por quin me has tomado? Me estoy refiriendo a otra autoridad. A una autoridad moral, vamos a llamarla as.

Gutirrez. - No le entiendo.

Reyes. - Yo tambin estoy casado. Respeto a mi esposa y ella me respeta. Respeta mis cosas donde ella no cuenta. La pregunta es sta: por qu me respeta? Pues es muy sencillo: le he dejado claro que soy como soy, mis gustos y mis aficiones.

Cuando uno se casa tiene que aclarar que hay ciertas costumbres sagradas para uno. Sagradas. La esposa procura por todos los medios que las abandones. Y si lo consigue, entonces se aburre. Se aburre. Termina aburrindose. Y no hay que ceder. Si cedes empieza ese deterioro que los cursis llaman crisis de pareja. Me lo he trabaja.do. Y ella ahora disfruta de una independencia igual que la ma. Se ha creado un mundo que es suyo: su mundo. Las amigas, compras, el bingo, la casa... Hay que ser moderno sin capitular.

Gutirrez. - Y lo de Jacinta?

Reyes. - Ojos que no ven.

Gutirrez. - Lo sabe?

Reyes. - Lo sabe.

Gutirrez. - Y cmo lo lleva?

Reyes. - Como una seora.

Gutirrez. - Y si ella?

Reyes. - Si ella?

Gutirrez. - Tuviera una historia.

Reyes. - Ella no es de esas.

Gutirrez. - Tampoco Menca.

Reyes. - T sabrs.

Gutirrez. - Lo s.

La identificacin con el macho herido

ha disminuido el tono de voz

del sargento Reyes, su seguridad.

Reyes. - Piensa en lo que te he dicho.

Gutirrez. - Lo har.

Reyes. - Qu hars?

Gutirrez. - Pensar, mi sargento, pensar.

Reyes. - Con la cabeza fra.

Gutirrez. - Como se deben hacer las cosas.

Gravedad hispana

que es un poco tosca:

es lo que tenemos:

los grandes momentos

nos quedan inflados.

Por eso el Quijote

nos dice tan bien.

Escena Novena

A la maana siguiente, cansancio y ojeras

por no haber dormido: el desasosiego:

qu hago, qu haces, qu hace

y qu har.

Jacinta. - Se va.

Silencio.

Y no pasa a despedirse.

Le quieres ver?

Le quieres ver.

Qu suerte.

Y qu desgracia que una no pueda vivir el

amor.

Lo mo s que fue imposible.

Ya s que slo da para bromas.

Yo soy la primera que siempre se ha redo de ello.

A ver qu remedio. La risa en estos casos es un buen chaleco antibalas.

Todava nos escribimos. Estbamos hechos el uno para el otro en casi todo.

Llegu a pensar que por m sera capaz de cambiar.

Eso s que es perder el sentido de la realidad.

Nunca me he sentido tan bien con ningn hombre.

Pero una tambin necesita sentirse de vez en cuando deseada con ardor.

Y eso me lo da Reyes.

Bueno, Reyes slo se desea a s mismo, pero hay morbo y diversin.

El deseo es otra cosa.

Es lo que dura el amor.

Menca. - Jacinta, me estoy quemando.

Jacinta. - Termnate de abrasar.

Menca. - No soy una cra.

Silencio con tenue aoranza

de irresponsabilidad.

Jacinta. - Entonces qu vas a hacer?

Menca. - Olvido.

Jacinta. - Eso consuela.

Menca. - Pero no quiero que piense que yo...

Jacinta. - Que t?

Menca. - Ya sabes.

Jacinta. - Ay...

Menca. - No se hable ms.

Jacinta. - Me tienes para lo que sea.

Menca. - Jacinta, t qu haras?

Jacinta. - Decrselo. No dejes pasar el momento. El momento en que las palabras no saben decir lo que sentimos porque son lo que sentimos.

De nuevo un instante para la nostalgia

de romper la inercia de una vida estable.

Menca. - Una carta.

Jacinta. - A l?

Menca. - Le voy a escribir.

Jacinta. - Ser tu mensajera.

Sale Jacinta ebria de emociones.

Menca se sienta a la mesa.

Se pone a escribir tan ensimismada

que no se da cuenta de que su marido

ha entrado en la casa.

Menca. - Qu susto me has dado. No te he senti do entrar.

Gutirrez. - Qu haces?

Menca. - Extenda unas recetas.

Gutirrez. - Escribe claro.

Menca. - Cmo?

Gutirrez. - Los mdicos tenis muy mala letra. Esa es vuestra fama.

La tinta se hiela como se hielan los labios

que besan la frente de quien falleci.

Escena Dcima

Maana siguiente. Enrquez se marcha.

Tiene preparado un coche. Le esperan.

Pero el cabo an quiere

tentar a la suerte. Un ltimo acceso

de amarga aoranza le ha hecho desviarse

de la orden del da.

Y llega el sargento.

Lacnico adis. (Cortesa obliga.)

Hay que confirmar

que todo est en orden:

aqu Paz y despus Gloria

hoy, ayer y anteayer.

Reyes. - Espero que te hayamos tratado bien.

Enrquez. - A cuerpo de rey.

Reyes. - Te estn esperando. Qu haces en la enfermera?

Enrquez. - Quera que la doctora me diera el alta definitiva.

Reyes. - Lo tuyo no tiene cura.

Enrquez. - Qu dice, mi sargento?

Reyes. - Me recuerdas a m mismo. A uno que fui.

Enrquez. - En qu?

Reyes. - En lo que te ciegan las hembras.

Enrquez. - Merece la pena.

Reyes. - No hay nada mejor.

Enrquez. - No me quedo a medias.

Reyes. - Le echas muchos huevos.

Enrquez. - Qu nos queda hoy?

Reyes. - Nada, slo ellas.

Enrquez. - Me alegro de que me comprenda.

Reyes. - Te comprendo, pero espero que con la edad

pongas el freno de mano.

Enrquez. - Entonces no ser yo.

Reyes. - Lo sers, pero ms templado.

Enrquez. - Mi sargento, si he perdido el sosiego se debe a que Menca para m no es cualquier mujer. Reyes. - Es eso lo que te ha trado hasta aqu?

Enrquez. - Los astros.

Reyes. - Espero que no te estrelles.

Enrquez. - Es mi carcter.

Reyes. - Cudate de l.

Enrquez se marcha no se sabe a dnde

y el sargento Reyes se queda con ganas

de darle un abrazo a un espejo vaco.

Escena Undcima

Jacinta, la mensajera,

llega a la habitacin de Enrquez,

pero se encuentra al marido

de quien remite la carta.

Lo que llaman irona

de las antiguas tragedias

reaparece junto al gato

que ya lo daban por muerto.

Hay lances que no se extinguen

desde los tiempos remotos

de don Pedro Caldern.

Jacinta. - Qu haces aqu?

Gutirrez. - Y t?

Jacinta. - Vena a despedirme del cabo Enrquez.

Gutirrez. - Aqu no est.

Jacinta. - Y t?

Gutirrez. - Yo qu?

Jacinta. - Qu haces aqu?

Gutirrez. - Lo estaba esperando.

Jacinta. - Qu te pasa?

Gutirrez. - A m nada, y a ti?

Jacinta. - Nada.

Gutirrez. - Qu llevas ah?

Jacinta. - Una carta.

Gutirrez. - Para ti?

Jacinta. - S... es personal...

Gutirrez. - La familia.

Jacinta. - Cmo?

Gutirrez. - Que si te ha escrito la familia.

Jacinta. - S...

Gutirrez. - Desde Zafra.

Jacinta. - Qu?

Gutirrez. - Tu familia es de Zafra...

Jacinta. - S.

Gutirrez. - Entonces esa carta viene de Zafra.

Jacinta. - S.

Gutirrez. - Buenas nuevas?

Jacinta. - Mi prima se casa en mayo.

Gutirrez. - En Zafra?

Jacinta. - S.

Gutirrez. - No tiene sello.

Jacinta. - Cmo?

Gutirrez. - La carta.

Jacinta. - S. No.

Gutirrez. - Y lleva el membrete del cuartel.

Jacinta. - Pues... S.

Gutirrez. - Jacinta.

Jacinta. - Est bien, Guti. Se la escrib al cabo Enrquez. Ya sabes que me tiene loca y lo dada que soy a encandilarme.

Gutirrez. - Sobre todo con los que no te corresponden.

Jacinta. - Sobre todo.

Gutirrez. - Puedes dejarla ah.

Jacinta. - Prefiero drsela en mano.

Gutirrez. - Yo lo har de tu parte.

Jacinta. - No hace falta.

Gutirrez. - No te fas?

Jacinta. - Es algo muy personal.

Gutirrez. - Jacinta, esa carta...

Jacinta. - S?

Gutirrez. - Es de mi mujer!

Jacinta. - Qu dices? No la abras.

Gutirrez. - Estoy en mi derecho.

Se desata una violencia

contenida: la peor.

Jacinta. - Te vas a enterar.

Gutirrez. - De todo, por fin.

Se marcha Jacinta dejando la carta

en manos de Guti que lee como deben

leer los expertos: atenta distancia

de quien se ha entregado con pasin al texto

y extrae un sentido que es una evidencia

antes presentida, y ahora manifiesta.

Escena Duodcima

Despacho de Reyes:

la pgina web de chicas del Este

enciende los sueos

en el responsable del acuartelamiento.

Irrumpe Jacinta con cara de espanto

y se le entrecorta la respiracin.

Reyes. - Qu pasa, Jacinta?

Jacinta. - Guti... Sabe que su esposa...

Reyes. - S...

Jacinta. - Y el cabo Enrquez...

Reyes. - Qu?

Jacinta. - Lo sabe. Lo sabe...

Reyes. - Tranquila.

Jacinta. - Yo no se lo he dicho...

Reyes. - Cmo se ha enterado?

Jacinta. - Me ha quitado una carta que su mujer le haba escrito a su amigo.

Reyes. - Una carta de amor.

Jacinta. - O una despedida.

Reyes. - Viene a ser lo mismo.

Jacinta. - Cmo que lo mismo?

Reyes. - Cuando una mujer le escribe una carta a un hombre que no es su marido yo s lo que hay.

Jacinta. - Tienes que hacer algo.

Reyes. - Yo?

Jacinta. - Guti no parece el Guti de siempre.

Reyes. - No hay mal que por bien no venga.

Jacinta. - Cmo puedes decir eso?

Reyes. - A ver si al fin reacciona.

Jacinta. - Te digo que nunca le he visto as. Mira a todas partes como si no viese nada, como si estuviese posedo por una fuerza interior, como si alguien le estuviese guiando. Es capaz de cualquier cosa.

Reyes. - Exageras.

Jacinta. - Tengo una aprensin.

Reyes. - Anda, ven aqu.

Jacinta. - Ahora no es momento.

Reyes. - Yo te quito todo.

Jacinta. - Estoy preocupada.

Reyes. - Qu guapa ests hoy...

Jacinta. - Y t tan tranquilo.

Reyes. - Porque lo conozco. No le viene mal que la sangre le corra un poco por las venas.

Jacinta. - Mientras la sangre no llegue al ro.

Reyes. - Se le pasar enseguida. Sabe controlar. Autodisciplina.

Jacinta. - Quisiera creerlo.

Reyes. - Confa en el mando.

Jacinta. - Seguro?

Reyes. - Seguro. S de lo que hablo.

Jacinta. - No hay ningn peligro?

Reyes. - Slo en tu cintura.

Jacinta. - Sea lo que sea.

Reyes. - Pues claro, mujer.

Con cierta indulgencia se abrazan.

Surgen imprevistas caricias

de cierta ternura que desconocan.

Y cierran los ojos como hacen los nios

que evitan mirar en la oscuridad.

Luego un revolcn pegajoso y ciego

sobre el escay y la inconsciencia.

Escena Decimotercera

Por fin aparece como un condenado

el cabo Gutirrez, mudo, blanco, extrao...

Guti ha hecho su entrada vestido de gala

con un uniforme de lmina vieja.

Lleva guantes blancos que ahora se quita,

se corta en la mano con premeditacin.

Deja que la sangre

salpique en un marco de foto de boda

y sale a la calle.

Regresa Menca,

contempla la foto,

ahoga una voz y limpia la sangre.

Llaman a la puerta

Menca va a abrir.

El hombre camina con paso tranquilo

y los guantes blancos oliendo a alcanfor.

Gutirrez. - Me he dejado las llaves.

Menca. - Y eso?

Gutirrez. - Un descuido. Ando muy descuidado ltimamente.

Menca. - Por qu llevas el uniforme de gala?

Gutirrez. - Es un da especial.

Menca. - Qu da?

Gutirrez. - El da del Honor.

Menca. - Qu fiesta es esa?

Gutirrez. - Una fiesta muy espaola. Como los toros.

Menca. - Qu ests diciendo?

Gutirrez. - Y que no falte la sangre. La sangre del animal en la plaza. El Honor alcanza hasta a los toros. Mueren con honor y a veces tambin cornean y matan. Ol.

Menca. - Has bebido.

Gutirrez. - Ni una gota, Menca. Y tengo mucha sed.

Menca. - Qu quieres beber?

Gutirrez. - Tinto de verano. Vamos a brindar. Bebamos. Bebamos.

Brindan en silencio.

Y en silencio quedan.

Y siguen bebiendo

para no hablar.

Escena Decimocuarta

Corre un aire fresco en la casa cuartel:

dos viejos amigos se reencuentran

en una despedida inevitable.

Presagios de tormenta:

dos viejos amigos dndose el adis.

Enrquez. - Coo, Guti, Qu susto me has dado!

Gutirrez. - Te andaba buscando. Estuve antes aqu.

Enrquez. - Estaba despidindome...

Gutirrez. - Ya.

Enrquez. - ...del sargento Reyes.

Gutirrez. - Como debe ser.

Silencio.

Enrquez. - Qu haces con el uniforme de gala?

Gutirrez. - Me lo he puesto para rendirte hono.res. Eres el invitado.

Enrquez. - Eres un buen to. Y un buen guardia civil.

Gutirrez. - Trabajo de oficina.

Enrquez. - Un puesto necesario.

Gutirrez. - No haba desenfundado el arma desde nuestras prcticas. Te acuerdas?

Enrquez. - Nos disparbamos con el cargador vaco.

Gutirrez. - Lo llambamos la ruleta espaola.

Desenfunda

Chsss... El gato...

Enrquez. - Qu haces?

Gutirrez. - Recuerdo.

Enrquez. - Quin te ha visto y quin te ve.

Gutirrez. - No me gusta la violencia.

Enrquez. - Pero es inevitable.

Gutirrez. - Qu es lo inevitable?

Enrquez. - La violencia. Hay que saber administrarla, si no sera el caos.

Gutirrez. - El mundo se hundira, aunque no es fcil...

Enrquez. - S?

Gutirrez. - Administrar la violencia con cabeza. La violencia pasional es un lastre. Incluso la venganza. Me horroriza la sed de venganza. Por eso...

Enrquez. - Por eso?

Gutirrez. - Yo me tena por un tipo pasional. Soy espaol.

Enrquez. - Como yo.

Gutirrez. - Pero ahora...

Enrquez. - Ahora?

Gutirrez. - Creo que eso nos pierde.

Enrquez. - Nos pierde?

Gutirrez. - La pasin.

Enrquez. - La pasin.

Gutirrez. - Aunque somos gente de orden.

Enrquez. - S.

Gutirrez. - Por eso hay que actuar en consecuen.cia.

Enrquez. - A veces nos pierde ser demasiado con.secuentes.

Gutirrez. - Como a los hroes.

Enrquez. - O como a los mrtires.

Gutirrez. - Vamos. Te llevo yo

Rfagas de viento

acuchillan el patio cerrado.

Se levanta polvo, alguna hoja seca

y bolsas de plstico.

La ropa tendida azota obstinada

las contraventanas.

Y el gato malla

como si supiera lo que va a pasar.

Escenas decimoquinta y decimosexta

(Simultneas)

En un mismo tiempo,

(pongamos las doce y veinte del medioda),

y a pocos kilmetros de la casa cuartel,

dos hombres a un lado;

al otro dos mujeres,

simultneamente

apuran la escena.

Los unos, abiertos al campo,

son indiferentes a las nubes negras.

El coche se ha detenido

en la cuneta de una carretera comarcal.

Nadie pasa.

Nadie.

Slo nubes negras.

En un interior. Menca y Jacinta se tien de sombra

y de vaticinio.

Menca. - Cmo que con l?

Enrquez. - Por qu nos hemos parado?

Jacinta. - En su coche...

Gutirrez. - Un poco de aire...

Menca. - Eso no era lo previsto

Enrquez. - Qu lugar es este?

Jacinta. - Es muy extrao

Gutirrez. - Un coto de caza...

Menca. - Dnde han ido?

Enrquez. - Dnde?

Jacinta. - Vaya usted a saber!

Gutirrez. - All, en la calzada

Menca. - Qu puede pasar?

Enrquez. - Yo no veo nada

Jacinta. - Nada. No va a pasar nada.

Gutirrez. - Una liebre muerta

Menca. - Le diste la carta?

Enrquez. - Tuvo mala suerte.

Jacinta. - La carta... ay, Dios mo...

Gutirrez. - Por qu mala suerte?

Menca. - Qu tienes, Jacinta?

Enrquez. - No est muy alegre.

Jacinta. - Guti la ha ledo.

Gutirrez. - Le lleg su hora.

Menca. - Entonces ya sabe...

Enrquez. - Cruz en mal momento.

Jacinta. - Qu sabe, Menca?

Gutirrez. - Se pensaba a salvo de los cazadores.

Menca. - Que yo soy mi dueo.

Enrquez. - Puede que buscara as su final.

Jacinta. - Hay que ir a buscarlos.

Gutirrez. - Esta carta es tuya.

Menca. - Sea lo que quiera Dios.

Enrquez. - Ma?

Jacinta. - Te veo ms tarde.

Gutirrez. - Ya hemos llegado.

Menca. - La vida prosigue.

Enrquez. - Guti. Guti. No.

Gutirrez dispara.

Una desbandada de grajos confusos

parece que aplaude con delectacin.

Menca se sobresalta al faltarle el agua

cuando iba a regar.

La lluvia obligada empieza a caer.

Escena Decimosptima

El cadver del cabo tumbado en la camilla.

Gutirrez de uniforme

se aplica pulcramente en la trepanacin.

Su mujer se adormece

atada a una silla. Prefiere un sueo impuesto,

violento, irrevocable,

antes que asistir despierta

al horror de su delirante vigilia.

Gutirrez. - Un error, un error... dispar con mi arma... deb hacerlo con la suya... ahora tengo que extirpar la bala... no soy un hombre violen.to... lo sabes, verdad?... Es sentido del deber... ni malo ni bueno... slo sentido del deber... Todo tiene solucin, aunque a veces esas soluciones son drsticas, nosotros, la gente de uni.forme lo sabemos, no, ni siquiera podemos per.mitirnos el lujo de juzgar las consecuencias de nuestros actos, somos hombres de accin, s, y tambin mujeres... mujeres de accin, ese es otro problema, mujeres de accin...Todo est aqu, en el cerebro, las creencias, la infidelidad, hasta el amor... todo excepto el honor... el honor... el honor est en el alma... es inmortal... es lo que debemos cuidar aunque no haya dios... s hay un alma... un honor... nuestra dignidad como personas... no somos animales...Aqu me ves ahora convertido en el cirujano de mi propio honor... y as me contemplo tambin yo ahora a travs de tus ojos... esos ojos que son mis ojos... recuerdas?... Ahora me contemplo a travs de tu mirada restituyendo mi honor mediante esta operacin quirrgica, explorando este cerebro hasta dar con ese diminuto pedazo de plomo... soy el cirujano de mi propia digni.dad... Qu extraa cosa es el cerebro... en algn lugar de esta masa viscosa se encuentra un dispositi.vo que se encarga de que tomemos decisiones, y otro de que seamos capaces de ejecutarlas... Est bien organizado... Tambin debe existir una zona que nos procura emocin por estas deci.siones... s, emocin... mi emocin ahora es la de saberme capaz de aportar un minsculo gra.no de arena al Orden... a un Orden que est por encima de las leyes y los reglamentos mundanos... Ms que una emocin es un sentimiento... No soy un hombre violento, slo soy un hombre al que la Razn le obliga a ejecutar determinadas decisiones... un hombre cumpliendo con su obligacin... Ya est... Qu alivio... es como sacarse una espi.na... una espina de plomo... Y ahora, amor mo, un bao antes de dormir...

Y los sueos, sueos son...

Escena Decimoctava (y ltima)

Gutirrez y Reyes se andaban buscando.

Encuentro final en la enfermera.

Arrecia la lluvia como una metralla

presagios funestos que adopta el cristal.

Gutirrez. - Me tiene que prometer, mi sargento, que van a cuidar esta planta.

Reyes. - Guti, qu has hecho?

Gutirrez. - Eso le gustar.

Reyes. - Por qu, Guti? Por qu?

Gutirrez. - Porque proceda.

Reyes. - Te has vuelto loco!

Gutirrez. - Loco de razn.

Reyes. - Te has buscado la ruina.

Gutirrez. - Yo me siento limpio.

Reyes. - Era tu amigo...

Gutirrez. - Estaba predestinado. Como ella.

Reyes. - Qu dices?

Gutirrez. - Ahora todo est en su sitio.

Reyes. - Dime que no. Dime que no lo has hecho. Que Menca...

Gutirrez. - No he tenido otro remedio.

Reyes. - Te pierdes. Nos pierdes.

Gutirrez. - No se preocupe, mi sargento. Est todo controlado. Mis asuntos personales no van a salpicar al cuartel. Lo del cabo, un accidente. Un terrible accidente. Aqu tiene usted la bala. Y en cuanto a ella, me dijo que se iba a acostar. Yo sal a dar una vuelta. Cuando regres la encontr ah, en la baera. Desangrada.

Reyes. - Dime que esto es un mal sueo.

Gutirrez. - Como todo en esta vida.

Reyes. - Qu hacemos contigo? Qu?

Gutirrez. - Estoy a su disposicin.

Reyes. - No eres t. No eres t.

Gutirrez. - Ahora lo soy.

Alla Jacinta con voz de ultratumba.

(Si la actriz subraya el efecto es cmico.)

Trae un cuerpo inerte envuelto en toallas

como una evidencia de lo inverosmil.

Parece aquel loco, padre de Cordelia.

Jacinta. - Aqu... Aqu nos tenis... Estamos man.chados... Aqu nos tenis... Aqu estamos to.dos... La sangre inocente que hemos derrama.do... Aqu... aqu la tenis... Sangre que se escapa de este cuerpo fro... Nuestro sacrificio... nues.tra abnegacin... Esta es la bandera que debis besar...

Reyes. - Jacinta!

Jacinta. - Ya no soy Jacinta. Ya no soy nada. No quiero ser nada. Menos que nada. Soy la sombra de la nada.

Reyes. - Jacinta! Entereza!

Jacinta. - No ha podido hacerlo ningn ser huma.no. Ha sido el Diablo.

Reyes. - No hay que derrumbarse. No hay que derrumbarse.

El cuerpo en el suelo. La mujer llorando.

Un hombre se esfuerza por seguir entero.

Los hombres demuestran ser hombres as.

Hay uno que aguanta, plantado en escena,

sin poder moverse, y hay otro que sale

como un soplo de aire para no volver.

Jacinta. - La culpa me mata.

Reyes. - No hay culpas aqu!

Jacinta. - Dnde la Justicia?

De pronto un disparo confirma otra muerte.

El guardia Gutirrez se ha pegado un tiro:

el orden regresa de nuevo al cuartel.

Reyes. - As se abre paso.

Jacinta. - Dios! Dios! Dios!

Reyes. - l lo ha decidido.

Jacinta. - Y ahora qu dispone?

Reyes. - Cumplir con los nuestros.

Jacinta. - Se pudo evitar

Reyes. - Hay cosas que estn de la mano de Dios.

Y con un Padrenuestro que sale espontneo

regresa atrofiada la normalidad.

Y hay un sentimiento de momento heroico

que entienden muy pocos: una religin.

Madrid, junio 2003

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