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Oriente

Alberto Conejero López

Esta obra fue un encargo de hilo producciones a su autor y se estrenó con el título de Desdémona, dirigida por Sandro Cordero. Se preestrenó en la Casa de Cultura de Pravia (Asturias), el 10 de octubre de 2008. El estreno oficial tuvo lugar en el Teatro Bonifaz de Santander, el 24 de noviembre de 2008, con el siguiente

REPARTO

Desdémona: Patricia Martínez

Otelo: Nacho Fernández

Yago: Adán Galguera

FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA

Dirección: Sandro Cordero

Entrenamiento actoral: Alejandro González

Música original: Marina Barba

Iluminación: Félix Garma y Víctor Lorenzo

Espacio escénico: Carlos Lorenzo

Espacio sonoro: Sandro Cordero

Diseño de vestuario: Luís Alonso

Fotografía: Andrés Mier

Vídeo: Julián Díaz

Diseño gráfico: La maldita espiral

Realización vestuario Desdémona: ADE

Realización vestuario Otelo y Yago: Carlos Romo

Realización  escenografía: Josune Cañas y Rodolfo González (Lightexpo)

Asesoría: Sonia Modroño

Producción: Begoña García

Because we don’t know when we will die, we get to think of life as an inexhaustible well. Yet everything happens only a certain number of times, and a very small number really. How many more times will you remember a certain afternoon of your childhood, some afternoon that is so deeply a part of your being that you can’t even conceive of your life without it? Perhaps four or five times more, perhaps not even that. How many more times will you watch the full moon rise? Perhaps 20. And yet it all seems limitless.

Paul Bowles, The Sheltering Sky

I am leaving this harbour

giving urban a farewell;

Its habitants seem to keen on God.

I cannot stomach their rights and wrongs

I have lost my origin

and I don’t want to find it again.

(..)

I feel at home

whenever the unknown surrounds me.

Björk, Wanderlust, Volta

Esta obra está dedicada a la memoria de Neda Agha-Soltan.

Los lugares

Un motel en una calle de un antiguo polígono industrial reconvertido por sus nuevos moradores en un barrio-dormitorio.

La base militar a las afueras de la ciudad.

Otra base militar en las riberas orientales del Caspio, en algún lugar entre Turkemenistán e Irán:

- una pequeña pista de aterrizaje semioculta por la arena.

- una cantina apenas ya frecuentada: un par de mesas y algunos taburetes.

- la puerta entreabierta del cuarto del comandante del Ejército del Aire.

Los personajes

Basem: cuarenta años, comandante del Ejército del Aire.

Isaac: treinta y pocos años, ingeniero militar.

Cora: alrededor de los treinta.

I

Yo no soy el que soy

Una calle, una escalera que conduce al motel. Un letrero: Sagitario. La luz de un cuarto. Entra Isaac, vestido de traje, con un sobre en la mano. Se enca.mina decidido a la puerta pero, cuando pisa el primer peldaño, se detiene.

Isaac: Siento ser yo el que te traiga esta noticia, Basem, cuando aún no se han lavado los mante.les ni    los platos de tu banquete de boda; cuando el suelo y estos malditos zapatos siguen impreg.nados        del champán derramado. Me ha tocado a mí, a tu mejor amigo, y lo siento en el alma, porque hace apenas unas horas yo era tu padrino y estábamos bromeando en la iglesia para espantar los nervios. Me decías: «¿qué pensará el cura cuando lea en voz alta mi nombre y se dé cuenta de que    soy moro?». Y yo me reía porque sólo me acuerdo de que no creo en Dios cuando recuerdo que       tú eres musulmán. Te has casado, Basem, y yo he sido tu padrino, y no sé qué decir, porque es de          esas cosas que suceden en un momento en el que no importa que sucedan o no, pero que no          estaba pensado para que sucedieran. Y ahora, mi amigo, yo estoy aquí, con estos malditos zapatos        que me están destrozando, y tú duermes con tu mujer, con tu esposa. Tu espo.sa, tu es-po-sa. Es          fácil recordar su nombre en.tre los muchos nombres ¡Cora! Siento tener que presentarme en estas   circunstancias. Pero quién mejor que tú para perdonar un imprevisto. Has abandonado tu casa,       has atravesado como una fugitiva los jardines de tu urbanización y te has casado con un        musulmán, a escondidas de todos los que te conocían. ¿Qué diría tu padre si te viera ahora       gimiendo bajo el vientre del moro? Ojalá que el viudo tenga el corazón fuerte. Porque no creas,          muchacha, que todos son como tú y como yo. Ésta es una ciudad pequeña, aquí no hay rincones para esconder una boda. ¿Has pen.sado en lo que va a sufrir tu padre cuando se en.tere? Pobre viudo, irá a la oficina y cuando le estén hablando de balances y de cuentas, pensará que le están     diciendo: «Viejo desgraciado, algún día tus nietos, a los que has criado pese a la vergüenza y al        miedo, porque eres viudo y te aterra morir solo, tus nietos, algún día, cuando estés confiado y los   consideres de tu sangre, te escupirán en la cara antes de irse a la mezquita». ¿Lo has pensado,     muchacha? Hay cosas, Cora, que es mejor dejar a medias porque, de repente, lo que era divertido, deja de ser una chiquillada, la travesura de una niña aburrida y se transforma en algo espantoso.        (En la puerta.) Siento tener que traer esta noticia, ahora que estás feliz, respirando en su pecho, ahora que estás satisfecha tras haber follado por primera vez con tu marido y una vez más con tu        amante, el moro; cuando estás confiada, como un cachorrillo recién parido, impregnado todavía de los humores de su madre. Despierta, Basem; ha llegado esta orden, pasado mañana salimos de     reemplazo.

Oscuro.

II

Sagitario

En la habitación. Al amanecer.

Cora: Es extraño. Escucha: mi marido, mi mari-do, ma-ri-do, ma-ri-do. (Pausa.) Ven, aprovecha, luego te cansarás de mí, te acostumbrarás y me acariciarás como quien cumple con una obligación, y yo          engordaré para consolarme y tú me harás todavía menos caso. Así que acércate y aprovecha ahora   que aún tengo el olor a novia. (Otro silencio, esta vez más prolongado. Un golpe de tristeza en      Cora, fugaz, apenas perceptible.) Anoche te miraba y pensaba: qué guapo es mi marido, qué          guapo está mi marido durmiendo. Es extraño. Decirlo en voz alta. Mi marido, ma-rido. ¿Qué hora   es? Me ha despertado un ruido. Vuelve a la cama.

Basem: Era la puerta. Ha venido Isaac.

Cora: ¿Isaac? ¿Qué quería?

Basem: ¿Por qué no vuelves a dormirte?

Cora: ¿Qué ocurre? ¿Qué quería?

Basem: Ha llegado una orden. Nos han convocado urgentemente, en dos días nos vamos. Cora: ¿En dos          días? ¿Adónde? ¿Cuánto tiempo?

Basem: Cálmate, duerme. Al desierto. No te pre.ocupes, estoy pensando, estoy buscando la manera      de…

Cora: ¿Cuánto tiempo, Basem?

Basem: Seis meses, quizá un año.

Cora: ¿Y yo?

Basem: ¿Por qué no duermes y lo hablamos más tarde?

Cora: No puedo respirar bien. Es este lugar: el olor de los armarios, los desconchones en la pared.          Anoche no me di cuenta pero, ahora, no lo resisto. Era provisional, ¿recuerdas? Sólo unos días          hasta que encontrásemos algo cerca de tu cuartel.

Basem: Dos días, tengo dos días. Buscaré un sitio, te dejaré en nuestra casa antes de marcharme.

Cora: ¿Es este tu regalo de bodas? Una mierda de habitación y luego una casa vacía para esperarte, si   es que la encontramos. Te he defendido tanto que me moriría de vergüenza y de rabia si ahora      tuviera que mendigar una cama. Quédate conmigo, por favor. Busca otro trabajo, pero conmi.go.     Pero conmigo, Basem.

Basem: No sé hacer otro trabajo. Te has casado con un militar, llevaba el uniforme cuando me cono-     ciste.

Cora: ¿Acaso no sabes lo que me van a decir si te vas? ¿Quieres oírlo, Basem?

Basem: Es mejor que no…

Cora: Sí, hace falta. Porque todos me advertían, todos me decían que estaba loca por enamorarme de un           árabe, y escuchaba una y otra vez las mis.mas historias, y las mismas bromas, y las mismas         preguntas idiotas sobre si me ibas a obligar a ponerme el velo; y todas mis amigas venían a      visitarme con el mismo cuento del moro que había raptado a sus hijas. Y después de soltarme la    historieta me preguntaban si la tenías grande y si era cierto que os vuelve locos follar por el culo.        Yo te defendía y les decía: «Él ha nacido aquí y sus padres están enterrados aquí. Basem no va a     la mezquita, Basem no cree en las cosas que no puede sobrevolar». Ellas contestaban que no me          fiara porque vuestra religión es una semilla que puede permanecer oculta estaciones, años, pero     que al final termina floreciendo, y cuanto más tarde lo hace, más profundas son sus raíces; y yo te    seguía defendiendo, y el mundo cada vez me parecía más idiota, más estúpido. Y ahora tú quieres devolverme ahí, a ese montón de gilipo.llas, para que se pasen todo el día restregándome que        tenían razón y que el listo de mi marido, el moro, me ha abandonado.

Basem: No te abandono, no quiero separarme de ti, no quiero ir al desierto. ¿Acaso crees que deseo ir a            la guerra y dejarte sola?

Cora: Lo quieras o no lo quieras, es lo que vas a ha.cer. (Pausa.) Llévame contigo.

Basem: No lo hagas más difícil.

Cora: Quiero oír cómo se desperezan los volcanes en Perú y cómo sollozan los campos de algodón bajo            el calor de agosto. Tú ya lo has visto, Basem; pero yo sólo conozco esta ciudad y otras ciuda.des   que apestan como esta ciudad. Me han dicho que hay un río en Guatemala que se llena de    nenúfares una sola noche al año y que en el desier.to el viento…

Basem: ¿Cómo te voy a llevar conmigo? Escu.cha, cuando yo me haya tomado el café y tú ha.yas         dormido un poco más, hablamos con cal.ma. Cora… Hay consignas estrictas, protocolos,        formularios, impresos. No puedo meterte en el avión y ya está. ¿Qué vida te espera a ti en una       base militar?

Cora: ¿Y qué vida me espera aquí, sola? Te prome.to que no me haré notar, te prometo que nadie          vendrá a decirte que tu mujer ha hecho esto o lo otro. Seré invisible. Pero contigo. No quiero        quedarme sola. Habla con Darío. Seguro que él puede hacer algo. Vamos, Basem, no me mires    así. Si no estuviera allí Darío no insistiría. No va a permitir que me pase nada.

Basem: No te va a pasar nada porque no vas a ir a ningún sitio. Así que deja ya de fantasear y vuelve a             la cama. Me va a estallar la cabeza. Darío no puede hacer nada por ti.

Cora: Tampoco tú, Basem.

Basem: Soy un militar y tú la mujer de un militar. ¿Qué estás haciendo?

Cora: Estoy cansada y quiero dormir. Pero no aquí. Son estas sábanas. Están duras y se pegan tanto a la           piel que acaban contagiándote las preocupa.ciones de todos los que han dormido sobre ellas. Lo       limpian todo con lejía, pero la tristeza sigue aquí pegada como una garrapata. Abre la venta, da      igual, me voy.

Basem: ¡Cora!

Oscuro.

III

La canción de los mercenarios

Ruido sordo de las botas de militares que van y vienen; de vez en cuando, el estruendo de un avión que despega.

Isaac: Nunca me acostumbraré al vuelo de los aviones. ¿No crees que hay algo impúdico en que un       objeto tan pesado se aparte de la tierra y avance ufanamente por el cielo? Ya de pequeño me           irritaban profundamente. Me pegaba a la ventana y esperaba, y esperaba hasta que alguno se   cruzaba y yo deseaba con todas mis fuerzas que se precipitase al suelo y se hiciera pedazos. Por     eso me extraña que tú y yo seamos amigos y que tenga en la misma consideración que a un          hermano a alguien que se pasa la mitad de sus horas pilotando un avión.

Basem: No sé a qué vamos. Llevan tanto tiempo sa.cándose las tripas los unos a los otros que ya no       distinguen la guerra de lo que no es la guerra. Hace una semana, enviaron al mercado a una vieja.        La disfrazaron de vendedora de pájaros. Estuvo allí sentada un par de horas, ofrecien.do palomas   y jilgueros, hasta que reventaron la bomba que tenía escondida en una de las cestas. Y nadie   maldijo porque nadie maldice a lo que se ha acostumbrado. No sé qué demonios vamos a hacer    nosotros allí.

Isaac: A veces hay que hacer germinar el problema para poder arrancarlo de cuajo.

Basem: ¿Por qué tenemos que arrancarlo nosotros? No es nuestro problema.

Isaac: Es una lástima no haber sido militar en las antiguas guerras. Qué raro extrañar lo que no se ha      vivido. Pero yo echo de menos las trincheras, los mapas bajo la luz de las lámparas de aceite, los         cañonazos, el soniquete del telégrafo, los im.perios fracturándose bajo las botas de los mili.tares.   Antes la guerra era una bella sangría en la piel del enemigo, el descarado arrebato de la tierra           ajena. Hoy nace en el vientre de las empre.sas. Por eso son una mierda. Baratijas diplomáticas al    servicio de las multinacionales. Asuma.mos que somos comerciales con uniforme. Pero ésas son       cosas que no pueden ocupar la mente de un comandante.

Basem: ¿Comandante?

Isaac: Sí, señor, comandante. No pongas esa cara, tarde o temprano iba a ocurrir. Vamos, no te quedes ahí parado como un pasmarote, dame un abrazo.

Basem: ¿Quién te lo ha dicho?

Isaac: Hace ya días que el teniente va contándolo como un secreto por la base.

Basem: ¿Y tú no me lo dices hasta ahora?

Isaac: Hay novedades que necesitan un momento preciso para ser reveladas. Alegra esa cara. Me siento            tan orgulloso. Recuerdo la primera vez que nos pusimos el uniforme y terminamos bo.rrachos,          metidos en la fuente de aquel parque. Y tú decías, déjame recordarlo, tú decías…

Basem: No te envidio la memoria.

Isaac: Yo, Basem, ahora soy militar y ordeno para que me obedezcan: ordeno que me admiren los         muchachos, los viejos, los parques, las calles de esta puta ciudad; dispongo que este país se    arrodille ante los aviones de sus hijos olvidados y que sus mujeres nos sirvan los vinos que           custodia en sus entrañas; y lo ordeno porque visto el unifor.me del Ejército del Aire y desprecio a    los que ca.minan pisando la tierra.

Basem: Déjate de tonterías. (Lo aparta de un em.pujón. Isaac casi cae al recibirlo.) Deberías ocu.parte   un poco más de tus músculos. Te pasas el día con el culo pegado a la silla. ¿Cómo vas a encontrar       una mujer con esos brazos raquíticos y esa tripa?

Isaac: Prefiero dedicar mi tiempo a dibujar estructuras. Cuando los músculos que ahora se mar.can        debajo de tu uniforme hayan desaparecido, mis obras seguirán en pie, atravesando los desiertos,         despreciando las fronteras, ajenas al paso del tiempo. ¿Has pensado en eso? Entonces las mujeres       se espantarán de tu cuerpo desinflado y acudirán al calor del hierro firme de mis estructuras.

Basem: ¿Y de qué te servirán entonces las mujeres? Ya no se te levantará y tendrás que conformarte     con mirarlas de lejos. Ven aquí, quiero verte.

Isaac: Creo que ya estás viejo para estos juegos.

Basem: Atácame, vamos.

Isaac: No voy a …

Basem: Deja de calcular, Isaac, no pienses. Cuan.do quieras asestar el golpe definitivo a tu enemigo,     has de hacerlo como sin querer. (Mientras lo golpea en el juego.) Tengo que salir a buscar a Cora.

Isaac: ¿No te has despedido todavía?

Basem: No ha hecho falta. Viene con nosotros.

Ruido de un avión.

Isaac: Basem, no hablas en serio. No puedes lle.varte a una civil.

Basem: No es una civil, es mi esposa. Y no puedo dejarla aquí sola.

Isaac: ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo vas a hacer eso?

Basem: Porque no puedo dejarla aquí.

Isaac: Tonterías. ¿Es que no puede esperar seis meses?

Basem: Soy yo quien no puede estar sin ella seis meses.

Isaac: ¿Qué necesidad tienes de complicar las co.sas ahora que te empezaban a ir bien? Coman.dante, Basem, comandante. Podrás joder a todos los que te humillaron, ordenarles, hacer que te sirvan. ¿Por     qué arriesgar lo que tanto trabajo te ha costado?

Basem: Darío lo ha arreglado todo: permisos, sal.voconductos, papeles.

Isaac: Darío, eso me tranquiliza más. ¿Crees que nadie va a preguntar qué hace tu mujer allí? ¿Y cómo ha conseguido un medicucho todos esos papeles?

Basem: Trabajará como intérprete. Nadie sabrá que es mi mujer. Darío lo ha arreglado.

Isaac: Darío, Darío.

Basem: Sólo quiero tenerla cerca.

Isaac: ¿Te salvará Darío de un consejo militar? ¿Te dará ánimos cuando te peguen una patada en el       culo por haber cometido la imbecilidad de lle.varte a tu mujer a la guerra? ¿Crees que ella va a     aguantar? A los dos días, estará suplicándote regresar y tú habrás hundido tu carrera en la mierda.   ¿Le has hablado de la arena? ¿Le has dicho que se te mete en los ojos, en el plato de la comida,   en las sábanas? ¿Que vas a mear y tienes are.na en los huevos? Me tomas el pelo. Sabes que te       miran con lupa, que examinan cada uno de tus actos porque tú eres…

Basem: Un moro.

Isaac: Yo no he…

Basem: Cora no es una mujer corriente. Tú no la conoces.

Isaac: Es una mujer y el clima del desierto las tras.torna. ¿Por qué crees que allí las cubren de pies a       cabeza y las encierran en casa? El aire del de.sierto les altera la sangre. Eso es rigurosamente   científico.

Basem: No hay más que discutir.

Isaac: Es una estupidez.

Basem: También lo es la guerra y tú no te pregun.tas por qué la haces. ¿Por qué no tengo derecho a       equivocarme? Estoy hasta los cojones de ser lo que se supone que soy. Basem el moro para        vo.sotros, Basem el que insultó a Alá para mi fami.lia, Basem el comandante de las guerras que     no comprende. Necesito a Cora. Así que no discu.tamos. Corre y denúnciame o quédate conmigo         y ayúdame. (El ruido del motor de un avión, muy cerca.) No sé para qué vamos allí.

Sale.

IV

El vientre del tiempo

Isaac en la escalerilla del avión. Al público.

Isaac: Hace cinco veces siete años que veo este mundo y, desde que aprendí a distinguir entre el           beneficio y el daño, he conocido a muy pocos hombres que prefieran lo primero a lo segundo y             que procuren no revolcarse en la ciénaga de sus instintos. Incluso yo, de vez en cuando, me veo    obligado a atenderlos y abro la cartera para que alguna se ocupe de calmarlos. Pero les prometo que no me siento orgulloso y que, nada más re.gresar a casa, me meto debajo de la ducha hasta        que la sangre se enfría y el olor a burdel se despega de mi cuerpo. Qué desatino dejarse arras.trar por el albedrío de la sangre. Por eso siempre he desconfiado del verano, cuando las noches son          más largas y los hombres, sin el estorbo de la ropa y de la lluvia, bajan la guardia y acuden como corderitos a la llamada de sus instintos. Nadie en su sano juicio se hubiera casado en julio, y       aventuro que cuando vuelvan las lluvias la fruta que hoy Cora saborea se volverá tan amarga         como el acíbar. Porque ¿cuánto tiempo va a tardar ella en cansarse de la novedad, en aburrirse de          la travesura de ser la mujer de un islámico? Nada más verla me di cuenta de que es de ese tipo de personas que viven plácidamente insta.adas en la incertidumbre. Yo, les puedo asegu.rar que el   mundo, tal como está pensado, sólo admite un número determinado de cambios. Pero a nadie          parece importarle este hecho y todos insisten en modificar, alterar, desviar. Las estaciones ya no   guardan su turno, la primavera se abalanza como una vulgar ramera sobre el invierno, los       glaciares se convierten en horchata, el grano se utiliza para alimentar a los coches y a nadie       parece importarle. Las fronteras bailan, los países queman sus banderas y todos nos aga.rramos       como desesperados a esta peonza que, día tras día, gira más deprisa, ya sin recordar la mano que    la envolvió en la cuerda y la arrojó al universo. Yo, que construyo estructuras y puentes no hago más que impedir que los continentes y los hombres se abandonen a la deriva. Por esta razón, si     está en mi mano —y así lo creo porque mi ingenio es más fuerte que un juramento he.cho bajo las   moscas del verano—, pronto Basem se olvidará de Cora y el mundo recuperará una parte mínima    de su calma perdida. Hace mucho que perdí la confianza en el hombre y la amistad de Basem es      lo único que me conforta. Su esposa cree que los cambios no tienen vuelta atrás, que cuando se pasa la página de un libro las demás se borran. Conozco a Basem, su carácter no tiene secretos       para mí y sé dónde pinchar para que la sangre fluya. Si he de provocar un daño, para evitar otro          mayor, así lo haré. Ya está, lo concebí. El vientre del tiempo guarda muchas sorpresas que pronto             verán la luz. Adiós.

V

Cora y los helicópteros

La base en Oriente. Ruido de carreras, pequeñas explosiones a lo lejos. El sol de la tarde levanta pequeños incendios aquí y allá. Cora, intentando hablar por encima del ruido de los helicópteros, al público.

Cora: Cuando me puse el cinturón, sentí un pe.queño golpe de dolor en la cabeza. No lo he to.mado      como un mal presentimiento, porque no creo en el futuro ni en sus señales. Me he tomado una pastilla, porque me estaba mareando y la cabeza me dolía más con la altura. Mientras el vientre del avión rasgaba las nubes, he vis.to cómo las olas se rompían en los pliegues de la tierra, el     cráter humeante del Strómboli y la planicie arcillosa de Anatolia. He mirado tanto y tanto el    horizonte que ya no distinguía el cielo del océano. Me quedé dormida. Cuando me desperté, ya          estábamos llegando a la base. Pensé que era de noche porque el avión avanzaba en la oscuridad    con las luces encendidas. El dolor de cabeza era un poco más fuerte. De repente, so.naron       disparos, en el techo, contra las ventani.llas, bajo mis pies. ¿Por qué todo el mundo dor.mía? Me          levanté y desperté al soldado que roncaba a mis espaldas. «Es una tormenta de arena, señora, no           se preocupe». Regresé avergonzada a mi asiento. Me he aguantado las lágrimas porque me he       prometido no llorar. Y eso que pensaba que me iba a estallar la cabeza por el dolor. Ha sido al           pisar Oriente, cuando he sentido la bofetada del sol y todos los bronquios se han abierto con la       caricia áspera del aire del desierto. El dolor ha desaparecido de repente. Basem lle.ga pronto y     quiero recibirle sin nervios ni lágri.mas. Ahora estoy tranquila, rodeada de cosas de las que        desconozco el nombre y su sentido. Me gusta Oriente porque todo es provisional. El desierto hoy       está aquí pero mañana se habrá movido unos kilómetros y los mapas ya no servirán para nada.        Las letras cambian de forma cuando se encuentran, incrustándose unas sobre otras, mutilándose y regenerando sus trazos a voluntad. Incluso las rocas más ásperas, a las que na.die presupone vida,    se llenan de flores y riachuelos de la noche a la mañana y nadie se extraña. Siento repugnancia de    lo que se da por supuesto. No entiendo a los que se sienten orgullosos por haber nacido en un          sitio y disfrazan de orgullo lo que no es sino una combinación fortuita de latitud, longitud y las    contracciones de una par.turienta. ¿Por qué hemos de obedecer a lo que presupone nuestro parto?         ¿Por qué no podemos improvisar nuestros bailes, nuestra lengua y los rostros de nuestros       antepasados? Si nadie diera nada por supuesto, no habría guerras, ni resig.nación, ni duelo. Por   eso creo que me va a gustar Oriente. Aquí todo es provisional. Como esta tormenta de arena que desplaza el desierto por los ejes del planeta a su voluntad. Sí, aquí todo es provisional. Como     nosotros.

Oscuro.

VI

Zhor

La antigua cantina, ahora casi abandonada, en un rincón retirado de la base. En la puerta perma.nece el cartel escrito por alguno de sus primeros pa.rroquianos con letras cirílicas: per aspera ad astra. Unas cuantas mesas y una pequeña nevera cuyo motor emite un ruido intermitente y ronco, que se alterna con el de las explosiones lejanas. De repente, la llamada a la oración se esparce por el aire coagu.lado del mediodía.

Cora: Menos mal que estás aquí, Isaac. Creí que me volvía loca. Me he pasado otra mañana en el           despacho, sola. Al principio me alegré, porque tenía miedo a que nuestra mentira se des.cubriera     en cuanto abriera la boca. Pero es que no ha entrado nadie, siquiera a saludarme. Eso es mejor, ¿verdad, Isaac? Que no hagan pregun.tas. Pero es que ya no aguantaba más, sentada en esa silla. Qué        locura. He dado mil vueltas por los barracones tratando de encontrar a Basem. Un cabo me ha          dicho que estaba fuera, en un asunto importante. No me ha querido contar más.

Isaac: Siéntate, si quieres.

Cora: Es lógico que Basem no me diga cuánto tiempo va a estar fuera ni qué ha ido a hacer        exactamente. Así no me preocupo si se retrasa. La casualidad es como un animal terco. Ha querido que Basem tuviera que volar las dos prime-ras noches.

Isaac: ¿Has cerrado la puerta? Esto se pone per.dido de arena en cuanto te descuidas. No tienes muy    buena cara.

Cora: Estoy bien. Sólo un poco de frío por las noches. He oído disparos, no muy lejos.

Isaac: No pasa nada mientras sea “no muy lejos”.

Cora: ¿Qué bebes?

Isaac: Leche.

Cora: ¿No hay otra cosa?

Isaac: Mira por allí. Imagínate lo que cuesta conse.guir aquí una de esas botellas. Esos cabrones se ríen de nosotros, dicen que no beben para que paguemos una fortuna por ese meado al que llaman             güisqui. Pero yo los he visto, los he visto borrachos como cerdos, pegando tiros al aire y dando        gritos a Alá. No te puedes fiar de ellos. Hazme caso. No tengas la estúpida tentación de intentar       entenderlos. De todas maneras, no deberías beber esa porquería en el desierto. El al.cohol       deshidrata.

Cora: Lo sé, gracias. ¿Qué juego es ése?

Isaac: Es la primera vez que estás fuera de tu casa, ¿verdad?

Cora: No, claro que no. He viajado. Aunque jamás tan lejos. Nunca había visto este juego.

Isaac: Aquí lo juegan los viudos. Al menos, eso me aseguró el tipo que me lo enseñó. Has de procu.rar sacar las fichas que tienes en mi cuadrante y, a la vez, cerrar aquí para que yo no pueda salir.         Vamos a empezar. Fíjate. Si yo me coloco sobre ti, tendrás que volver a tu casa.

Cora: ¿Y no se apuesta nada?

Isaac: No. Al final suman las fichas que tienen cada uno y esos son los meses que van a tardar en          encontrar una nueva esposa. Si te das cuenta, la suma más alta es sólo de seis.

Cora: Debo regresar a mi despacho. Se extrañarán si falto tanto tiempo. Quizá Darío haya pasado a       saludarme y se ha preocupado al no encontrar.me.

Isaac: No tengas tanta prisa. En este lugar hay muy poca gente interesante con la que hablar. La gue.rra            y el desierto nos atrofian el corazón y la len.gua. Ya te darás cuenta. Eres lista. Me di cuenta,           nada más verte, de que no eras una mujer como las otras. Y créeme cuando te digo que he visto a      muchas desfilar por las sábanas de Basem. Pero tú has llegado para quedarte, parece. Y yo te           aplaudo.

Cora: Debo irme.

Isaac: ¿Por qué tan pronto? ¿He sido brusco? Per.dóname, no estoy muy acostumbrado al trato con       mujeres. Y las que hay en la base no me tie.nen mucha simpatía. Luego pediré que te lleven        alguna manta.

Cora: No hace falta. Hablaré con Darío y él lo arre.glará. Tengo que irme.

Isaac: ¿Por qué tanta prisa? No debes estar a la de.fensiva conmigo. Le prometí a Basem cuidar de ti y             de vuestra mentira. Pero para eso necesito saber a qué has venido realmente.

Cora: No entiendo.

Isaac: Falsificar papeles, poner en riesgo la carrera de Basem para venir al desierto, sin tener ni puta       idea de árabe, es una aventura demasiado estú.pida y complicada sólo para querer estar con un hombre que, tarde o temprano, iba a regresar a la tranquilidad de su casa. Necesito saber tu       secreto para protegerlo.

Suena una sirena. Cora se levanta y va hasta la puerta.

Cora: Tengo que irme. Adiós, Isaac.

Sale.

Isaac: ¿A qué has venido? Qué me importa. Corre al encuentro de Darío. Sonríele, vamos. Que todos    te vean. Bésale las manos, las mejillas, abrá.zale. Así, Cora, ayúdame. Ya me encargaré yo de que           todos dirijan las miradas a vuestros abrazos. Será fácil. No hay tierra mejor para sembrar una         mentira que aquella en la que ya crece otra. To.dos ignoran que eres la mujer de Basem. Así que   no se extrañarán cuando yo, ayudado de tu vieja amistad con Darío, comente a unos y a otros que       has encontrado algo de diversión y afecto en su cama. Mientras tanto, como quien deja mal    cerrado un grifo, derramaré, gota a gota, el veneno de la sospecha en los oídos de Basem.

Basem: (Entra.) ¿Has visto a Cora?

Isaac: Ha estado aquí. Buscaba a Darío.

Basem: ¿Cuándo?

Isaac: Ahora mismo (Basem sale corriendo.). Será fácil. Así le diré: ¿Creías acaso que iba a estar            siempre contigo, que nunca se iba a saciar de tu cuerpo? Ella se mueve al caprichoso dictado del             calor de sus muslos. Si no me crees, si no crees que puede hacer cosas que no debiera, ¿por qué           entonces se casó contigo, ignorando los consejos de su padre? ¡Por vicio te eligió y por vicio     ahora te rompe el alma!

Sobre las últimas palabras de Isaac ha empeza.do a sonar Perfidia, en la grabación de Glenn Miller. En un rincón de la base, no muy lejos de la cantina, Basem ha encontrado a Cora.

Cora: ¡Basem!

Basem: Mi bella guerrera.

Isaac: Así como hay que arrancar el miembro gangrenado para salvar a los otros, así he de destrozar el   corazón de Basem para salvarle.

Basem: ¿Por qué has salido sin avisar del despacho? No fue eso lo que acordamos, Cora.

Cora: Te estaba buscando. No aguantaba más encerrada. Perdóname.

Basem: Pero la condición era…

Cora: No lo haré otra vez, te lo prometo. (Le pasa los brazos por los hombros y empieza a bailar so.bre las notas de Perfidia, que sigue sonando en la cantina.) ¿Estás bien?

Basem: Ahora sí. No me sueltes. Si yo pudiera ele.gir mi muerte, igual que elijo la de los otros, me         gustaría que fuera así, bailando contigo.

Cora: No digas tonterías.

Basem: Escucha. Están retirando al personal admi.nistrativo. Así que en algún momento tendrás que     marcharte. Lo siento, Cora. No podemos hacer nada. Una guerra no es lugar para ti.

Cora: No, yo no puedo esp…

Suenan sirenas.

Basem: Quédate aquí. No te muevas.

Sale corriendo. Isaac también sale corriendo de la cantina, en otra dirección.

Basem: Sé quién eres. Hace dos días nos cruzamos a las afueras del campo de refugiados. Ibas con un niño de la mano. Me fijé en ti porque me re.cordabas a mi padre. En realidad, me recordabas a mi   padre sólo en una fotografía, una que mi madre siempre llevaba en el bolso. En la foto.grafía, amarilleada por la caricia de los años, mi madre sonreía sentada en el coche, preparando unos   bocadillos. Al fondo, los árboles —ahora no logro recordar si eran pinos o cedros— y el cielo de         agosto. En primer plano, mi padre estaba de pie, sonriendo, en bañador. Me tenía cogido de la        mano. Por eso te sonreí, porque me recordabas a mi padre en esa fotografía. Ahora te veo subido          en un camión, y te precipitas, sólo Dios sabe con cuántos kilos de explosivos, de dinamita, de       bombas, de rabia, de todo lo que puede hacernos daño, contra nosotros. Desde las torretas,    disparan a las ruedas. Tú sigues acelerando y acelerando. Ya no puedo verte la cara. Eres una      nube de polvo y de lágrimas que se acerca. Mis compañeros corren en todas las direcciones. Me        gritan que me aparte. Han reventado una rueda pero el camión sigue avan.zando. Ahora puedo      verte la cara. Estás llorando. Casi no recuerdo nada de ese viaje. Lo único cierto es que mis padres jamás regresaron a su país aunque los enterramos mirando en esa dirección. Así lo     pidieron. Cedros. Los árboles de la fotografía eran cedros. Nos hicieron plantar dos junto a sus     tumbas. Han reventado otra rue.da pero ya estás cerca, muy cerca. Tampoco yo he regresado al      país de mis padres. Tengo miedo de odiarlo y tengo más miedo de amarlo. Sueltas las manos del    volante. Gritas el nombre de Dios y te tapas los ojos. ¿Por qué no quieres mirar de frente a la         muerte si te entregas a ella antes de tiempo? (Cae al suelo.)

Polvo, disparos, gritos. Cora se ha acercado al lugar donde está Basem.

Basem: Cuando mi padre y mi madre abandonaron su ciudad, era agosto y la sombra de los cedros no aliviaba el calor que dejaban escapar las grie.tas de la tierra. El país estaba en guerra y no querían    que yo naciese en la guerra. Así que arran.caron sus raíces para que las mías no se hundieran en      esa tierra manchada de sangre. Eligieron el destierro para darme una patria que no fuera la guerra.       Tanto esfuerzo para protegerme a mí, a un estúpido. No les hice caso. Pensé: “Me haré militar,     serviré a este país, que es el mío, para que nunca lo alcance la guerra de la que huye.ron mis          padres”. No les hice caso. Ahora me estoy haciendo viejo y mis padres son raíces muertas en una    tierra extraña. Siento vergüenza. Si tú no estuvieras, Cora, sentiría el mismo desprecio por la         muerte que por la vida. Las letras de mi pasaporte se retuercen y se desdibujan. Mi lengua se             llena de palabras de una lengua que sólo escuché a mi madre cuando lloraba. Ahora yo sirvo a la    guerra y he regalado a mis padres la infamia de una vida absurda. He traicionado a mis dos      países. Para el primero fui un cobarde y un mercenario soy para el segundo. Si no llevara este uniforme, ¿qué me distinguiría de una bestia? ¿Acaso este uniforme es mi alma? (Cora lo abraza.) Divina criatura, que se pierda mi alma el día que no te quiera y que regrese el caos cuando tú te          vayas.

Oscuro.

VII

The kick

En la cantina, de madrugada. Isaac canta I get a kick out of you de Cole Porter.

Isaac: I get no kick from champagne. / Mere alcohol doesn’t thrill me at all, / so tell me why should it     be true / that I get a kick out of you?

         Bebe, mi buen amigo Darío, bebe. La caja ha lle.gado esta noche y diríase que ha sido el   mismísimo Marte quien nos la ha hecho llegar.

         Some get a kick from cocaine. / I’m sure that if I took even one sniff / that would bore me    terrific’ly too. / Yet I get a kick out of you.

         Qué noche tan hermosa. Se ha firmado la tregua y por fin se acabó este martirio. Porque no me lo          negarás, mi querido amigo Darío, no me puedes llevar la contraria cuando te digo que esta guerra             de pacotilla se había convertido en el espectáculo más aburrido del mundo. Es cierto, es cierto, no hemos pagado entrada y tenemos butaca en primera fila. Pero se estaba haciendo eterna y no      podemos abandonarla a mitad de la función. Antes la guerra tenía mejores directores y mejores         textos, estaba llena de verdad, una verdad maravillosa y terrible. A nosotros nos ha tocado sufrir        el posestructuralimo, qué digo, el minimalismo, qué digo, el nihilismo bélico. Nos hemos        distanciado tanto que ahora lo real también nos parece un espectáculo. Aburrido, pero espectáculo. Extrañamiento lo han llamado. Yo lo bautizo como una mierda. Qué aburrimiento.    Porque no me lo negarás, Darío, no me puedes llevar la contraria cuando te digo que no debe de           ser lo mismo escayolar un brazo o alzar un mapa que enterrar con rabia una bayoneta en la carne del enemigo.

         I get no kick in a plane. / Flying too high with some guy in the skyIs my idea of nothing to do, /      yet I get a kick out of you.

         ¡Esto es música, Darío! Qué dulzura. Así que tú y yo, querido Darío, no podemos subir la voz      porque nunca apretaremos un botón y boom, ni lle.varemos un tanque ni saltaremos en   paracaídas. Tú un galeno y yo un tiralíneas. Somos un cero a la izquierda de la historia. Hagamos         un último brindis, mi amigo. ¡Oh, ingrato dios Marte, tú que precedes a la guerra, tú que recorres los nueve mundos sobre tu colibrí, apiádate de tus hijos menores, salud! Siéntate, ya, ya. (Pausa.)        Ya está, pensé que nunca te dormirías. (Se golpea. Grita.) ¿Qué haces, Darío? ¿Qué vas a hacer        con eso? ¡Socorro! (Coge una navaja y se hiere en un brazo.) ¡Aquí, ayuda!

Entra Basem.

Basem: ¿Qué está pasando aquí?

Isaac: Nada.

Basem: ¿Por qué mientes? ¿Qué eran esos gritos? Estás sangrando. ¿Qué es esto? ¿Cómo ha sido?

Isaac: No ha ocurrido nada.

Basem: (Repara en Darío.) ¿Qué le ocurre a éste? Habla.

Isaac: Estábamos celebrando la tregua. Bebía y be.bía. Yo le dije que parase, que ya era suficiente.

En ese momento, sin que me diera tiempo a ha­cer nada, ha roto una botella y se ha abalanzado contra mí. Quizá, sin querer, yo dije algo que le molestó.

Basem: Déjate de palabrería y muéstrame.

Isaac: No es nada, un arañazo.

Basem: Ve a curarte. Yo me encargo de él.

Isaac: Basem, antes de marcharme... Darío no dejaba de hablar de tu mujer, de los papeles, de nuestro secreto. En esta ocasión la suerte ha querido que estuviéramos los dos solos. Pero me da miedo         que el alcohol le afloje la lengua delante de otros. Ya que te empeñas en seguir con esta farsa, al     menos deberías apartalo hasta que Cora se marche.

Basem: Así lo haré. Ordenaré su arresto. No te pre.ocupes. (Sale.)

Isaac: Esta noche es perfecta, sí. Haré que me curen el arañazo e iré a dar un paseo. No muy lejos de     aquí, hay un pozo. Un enorme agujero que cavaron los rusos cuando buscaban combustible para         un imperio que ya estaba muerto. De noche, los insectos sobrevuelan el pozo y, atraídos por el   misterio de la tierra, se arrojan a él y se chamuscan. Si todo va bien, la tregua será otro espejismo   y la vuelta de la guerra me ayudará a seguir con mis planes. Cora no soportará la ausencia de Darío y le suplicará a Basem que le levante el arresto. Mientras tanto, el rumor de los amores de          Darío y Cora ya habrá llegado a sus oídos, y Basem pensará que su esposa supli.ca porque lo    desea. Igual que los mosquitos del pozo, así los hombres se precipitan sobre la lla.marada de sus          deseos. Buenas noches.

Sale.

VIII

La mina de azufre

Al atardecer, en algún lugar alejado, en la base.

Cora: Perdóname por presentarme así. Perdóname te digo, Basem; pero hace tres días que no hemos      podido vernos y necesito hablar contigo.(Isaac hace ademán de irse.)

Basem: No, quédate. (A Cora.) ¿Te ha visto alguien venir hasta aquí?

Cora: No, te lo prometo. Escúchame, Basem.

Basem: No es el momento.

Cora: Nunca es el momento. Y lo entiendo. Pero has de escucharme. Te hice una promesa y la   hecumplido. Aunque fuera estúpida. He pasado lasmañanas y las tardes de tres semanas      encerradaen un despacho. Me he movido como un fantas.ma, sin llamar la atención, sin hacer movimientos bruscos. Solamente cuando cae al sol, salgo unosminutos al patio; luego me echo en   la cama, es.perando que llegue tu señal y pueda ir a abrazar.te cinco minutos. De vez en cuando, cuando creo que mi voz, atrapada en mis pensamientos, me va a volver loca, pronuncio tu      nombre bajo el ruido de los aviones. Y no me he quejado porque estaba cumpliendo nuestra         promesa. De todos modos, si estuviera en casa, o en algún lugar que pudie.ra nombrar con esa             palabra, también estaría esperándote. Así que no te reprocho nada. Sólo tepido que me escuches, Basem, y que me hagas unfavor. Levanta el arresto a Darío, te lo suplico.

Basem: ¿Has ido a hablar con él? ¿Te ha pedido que hagas esto?

Cora: Cálmate. Nadie me ha visto. Soy yo quien te lo pide. Está muy arrepentido, no puede explicar     cómo ocurrió ¿No son suficientes cuatro días de arresto? Piénsalo, Basem. Si quisiera, en          cualquier momento, podría delatarnos. ¿Qué mayor prueba de lealtad quieres?

Basem: Se emborrachó, hirió a un compañero. Ha tenido suerte. Isaac no ha querido denunciarlo. No    voy a levantarle el arresto. Al menos, no hoy.

Cora: (Busca algo en los bolsillos.) ¿Será pronto? ¿Mañana?

Basem: No, mañana no.

Cora: Por favor. Dime cuándo. Te juro que está arrepentido. Isaac, no lo has denunciado y te lo             agradezco. Tú estabas allí y sabes que fue un ac.cidente, una riña entre dos amigos que beben y             pierden la cabeza.

Isaac: Ya sabes que no bebo.

Cora: Pero…

Basem: Basta, Cora. Contéstame. Ya que te has acercado al calabozo de un detenido, ya que has          hablado con él, sin importarte que alguien pu.diera verte, dime, Cora, ¿te ha explicado Darío por        qué se abalanzó contra Isaac? ¿Te ha dicho qué va contando cuando se emborracha? ¿Te lo ha     dicho?

Cora: ¿Qué haces? Suéltame.

Basem: En una cosa tienes razón. Darío no tiene la culpa. Tú y yo la tenemos. Vete, no quiero que nos vean aquí. En dos días le levantaré el arresto, si eso es lo que más te preocupa.

Cora: Gracias. Basem: Espera. Quería decírtelo de otro modo. Pero es mejor que sea cuanto antes. Ya   hay fecha para la retirada del personal administrativo. Te irás enuna semana, con los de la    embajada. Éste no eslugar para ti. Por favor, no hables con nadie, y nose te ocurra volver a los        calabozos, ¿de acuerdo? Prométemelo. Prométemelo. Habla. ¿Por qué memiras así? Acércate.       Todavía podemos arreglaresto, Cora. Todavía podemos salvarnos. Confíaen mí. Ahora te pido     que nos dejes.

Cora: En una semana… adiós, Basem. (Sale.)

Isaac: Siento tener que haberlo oído. Pero me alegra tu decisión.

Basem: Isaac, ahora voy a decirte algo. Pero tienes que prometerme que no me vas a interrumpir.           Porque si lo haces, si empiezo a hablar y me in.terrumpes, aunque sea con un gesto, no volve.ré a       dirigirte la palabra. Siento vergüenza y es.pero la menor excusa para enfadarme contigo y evitar contarte lo siguiente: me voy, abandono el Ejército. Otro día, cuando la necesidad de tu amistad        sea mayor que la vergüenza que siento ahora, hablaremos del asunto. Ahora, te lo rue.go, déjame   tú también.

Isaac se aleja unos pasos. De repente, se para en seco. Mirando a algún lugar de la base.

Isaac: Basem, ¿fue Darío quien te presentó a Cora?

Basem: Sí. ¿Por qué me preguntas eso?

Isaac: Por curiosidad, por nada más. No sabía que fueran tan amigos.

Basem: ¿Qué importancia tiene eso ahora? ¿Qué quieres decir?

Isaac: ¿Decir?

Basem: ¿Qué estás insinuando?

Isaac: ¿Insinuando?

Basem: ¡Insinuando, sí! Por Dios, pareces mi eco. No me mientas. Sé cuando algo te preocupa. Dime    ya qué ocurre.

Isaac: Basem, sabes que te quiero y que no te diría esto si…

Basem: Déjate de rodeos de una maldita vez.

Isaac: En cuanto a Darío, hubiera jurado que nun.ca prestó demasiada atención a las mujeres.

Basem: Así lo creo yo.

Isaac: No siempre los hombres son lo que parecen. A veces parecen ser y no lo son.

Basem: ¿A dónde quieres llegar?

Isaac: Pues ahora creo que a Darío le gustan las mujeres.

Basem: Te lo ruego, dime ya lo que estás pensan.do.

Isaac: Perdona, Basem. Tengo miedo de decir algo que quizá solamente es un desvarío de mi     imaginación. Me pareció que Cora daba la vuelta y se dirigía a los calabozos.

Basem: ¿Por qué? ¿Por qué dices eso? ¿Tú crees que malgastaría mi vida en esos pensamientos? Para    irritarme, mucho más tendría que hacer Cora que hablar con un amigo. Tonterías.

Isaac: Creí que le habías prohibido hablar con él. Pero quizá te escuché mal. Haces bien, Basem, en no perder el tiempo con celos estúpidos. Pero no confíes nunca en nadie. Y menos en una mujer. Si   delante de su padre supo esconder tan bien que iba a casarse contigo, ¿por qué no iba ahora a     engañarte a ti con la misma destreza? La han visto entrando en la enfermería algunas noches.         Perdóname, he hecho muy mal. Pareces desconcertado.

Basem: No, en absoluto. Estoy seguro de que Cora me es fiel.

Isaac: Que lo sea por muchos años y que tú lo creas. Espero que entiendas que lo que te he dicho me lo             ha dictado nuestra amistad. Al fin y al cabo, Darío es también amigo tuyo, como yo lo soy, y no     haypor qué desconfiar de su palabra. Adiós, Basem.

Sale.

Isaac: (Volviendo.) Basem, haces bien levantándo.le el arresto a Darío. Ha sido siempre un buen amigo            y no hay que castigarlo sólo por un error. Pero, escucha: abre los ojos, obsérvalo de lejos,        comprueba que no falta cuando Cora falta; abre los oídos y presta atención a lo que se murmura    en la base. No seas el último en saber, si es que hay algo que saber. Adiós, hermano. (Sale.)

La llamada a la oración del anochecer.

Basem: ¿Por qué, de repente, a la vuelta de un pen.samiento, de uno como otro, ya no hay alivio ni       consuelo? Si es que hay algo que saber, si es que hay algo que saber. He traicionado tantas veces         a la verdad que ya no la reconozco. Soy un co.barde que esparce la guerra, soy un moro que ha      renegado del cielo, soy un hombre que descon.fía de lo que ama. Estoy viejo y apenas hace seis    veces siete años que piso esta tierra. (Suena una explosión, gritos y carreras.) ¿En qué instante los     ojos se sacian de ver sangre y se desbordan?

Sale corriendo.

IX

Je suis un soir d´été

Isaac: Dicen que soy el hijo de una cortesana y un zapatero. Eso no me convierte en una mala persona. Sin embargo, me ha hecho detestar las noches de verano. En mi ciudad —una ciudad de          provincias, ni grande ni pequeña— todas las ventanas se abrían cuando llegaba julio.

Cora: ¿Estás dormido?

Isaac: Desde mi habitación, veía al gordinflón del piso de enfrente juguetear con el cinturón y las migas           del mantel mientras le gritaba a su mujer que ya no la quería.

Cora: ¿Por qué lloras?

Isaac: Luego estaba aquella otra, la del tercero, que le gritaba a su hijo que la estaba matando por no     tragarse la mierda de papilla que le había prepa.rado.

Cora: Acércate a la ventana, Darío, te lo ruego.

Isaac: Yo iba por toda la casa cerrando las venta.nas, para no ver, para no escuchar, para no man-          charme con las miserias de los otros. Nunca entendí con qué alegre impudicia los hombres      comparten sus miedos y sus esperanzas.

Cora: Eres un cabezón, nunca has escuchado a na.die. Claro que tengo razón. Te dije que no te hi.cieras          soldado y apareciste un buen día con el uniforme. Te dije que no quería que me presen.taras a       nadie y me empujaste a los brazos de Basem. Así que tú tienes la culpa de esto. Yo sólo he ido         detrás de ti.

Isaac: También mi madre tenía esa fea costumbre.

Cora: No, tonto. No, claro que no. Siempre he tenido estas ojeras.

Isaac: Cuando terminaba con alguno de sus visi.tantes, abría todas las ventanas que yo había cerrado y             se paseaba por toda la casa con un bote.cito de perfume, intentando quitar un olor que sólo estaba             dentro de ella.

Cora: Llena, ahora llena. Hay algo de olor a jaz.mín. Sopla el viento desde el pueblo y lo trae hasta        aquí.

Isaac: Luego se metía en mi cama. Yo me hacía el dormido mientras mi madre me acariciaba la ca.beza             y susurraba estupideces.

Cora: ¿Te acuerdas, Darío, aquella tarde en el pue.blo de tus padres? ¿Cuántos años teníamos?

Isaac: Despierto, detrás de mis párpados, esperaba impaciente a que sonara el timbre para que al.gún     otro visitante la sacase de mi cuarto.

Cora: Estábamos al borde de ese desnivel, apenas serían un par de metros, de pie en el borde, co.gidos de la mano. No sé por qué demonios nos habíamos convencido el uno al otro de que po.díamos         volar.

Isaac: Sí, soy el hijo de una cortesana y de un zapatero. Y eso no me ha hecho ni mejor ni peor   persona.

Cora: Una cuenta atrás y saltaríamos. ¿Te acuer.das, Darío? Diez, nueve, ocho… Sentía tu mano           temblar en mi mano. Cinco, cuatro, tres… Sonreías.

Isaac: Pero detesto las noches de verano porque el más mínimo ruido, una respiración detrás de una pared, el curso de un reloj, me desvela.

Cora: Dos, uno… Y te solté la mano. El tobillo, sí. Ya lo sé, una tontería. Pero no me lo quito de la       cabeza estos días. Por eso he venido a verte. Quiero contarte por qué estoy aquí realmente.

Isaac: A todos los que guardamos secretos nos es-torba el sueño. (Sale corriendo.)

Cora: Estoy enferma, Darío. He venido a despe.dirme.

Basem: Así que me engaña.

Isaac: Vamos, Basem, deja ya eso.

Basem: ¿Qué haces tú despierto? Déjame solo. Vete. Te juro que es mejor la cuchillada que temerla.

Isaac: Vuelve a la cama.

Basem: No podía imaginarlo. Ni lo veía, ni me dolía ni lo pensaba. Apenas cuando los sobresaltos de la            guerra me abandonan unos instantes, vuelven a mí tus palabras, tus sospechas. Y si alguna vez logro olvidarme de ellas, eres tú quien regresas con insinuaciones. ¿Qué hace de noche en la      enfermería?

Isaac: Yo…

Basem: Hubiera preferido ignorarlo, que estuviera follando hasta con el último soldado de esta base y   yo no saber nada. ¿Por qué me lo dijiste? ¡Ha.bla! Demuestra que mi mujer me es infiel,         demuéstralo. Quiero una prueba o ésta será la últi.ma conversación que tú y yo tenemos.

Isaac: ¿A esto hemos llegado?

Basem: ¿Para qué me lo repites si no sabes nada?

Isaac: Ha sido ella quien…

Basem: ¡Cállate! No vuelvas a hablar de Cora. ¿Me oyes? Dime, ¿quién eres tú para hablar así de mi     esposa? ¿Quién eres tú? Dime qué sabes tú de mujeres si toda la vida has estado solo. Dímelo, Isaac, habla. ¿Por qué te callas ahora?

Isaac: Así me lo pagas. ¿Eso hubieras preferido? ¿Ser el último en enterarte de que tu mujer se acuesta con Darío? ¿Ser el último en comprender que Cora te ha seguido hasta aquí para poder estar cerca    de su amante?

Basem: ¡Por Dios! Creo que mi mujer es honesta y no lo creo; creo que tú eres mi amigo y no lo creo. Quiero una prueba, Isaac. Una prueba. No puedo soportarlo más.

Isaac: Lo siento, Basem. (Le hace mirar en dirección a los calabozos, donde permanece Cora.) ¿Por esa             zorra quieres abandonar el Ejército? (Basem golpea a Isaac. Éste se lleva la mano al vientre. Basem se acerca hasta los calabozos.)

Cora: No me he atrevido hasta ahora, Darío. Por favor, no te quedes callado. Di algo, por favor, di algo.           Tienes que ayudarme. No, no lo sabe. ¿Cómo se lo voy a contar? Porque es mejor que no lo sepa.          Tú solo. Sí, tú solo. Mañana te levan.tará el arresto. Por favor, en la enfermería. Ya sé que me             quieres. No llores, yo lo resisto. Allí nos veremos.

Basem: (Regresando.) Perdóname, amigo, perdóna.me. (Sale.)

Isaac: (Aún dolorido.) ¿Por qué una mentira ha de ser siempre una mentira? ¿Acaso lo que la rodea no puede cambiar y quedar convertida en verdad? Jamás pensé que Cora pudiera engañar a Basem y         menos con ese matasanos acompleja.do. Pero mis avisos y la guerra alejaron a Basem de Cora y ésta ha buscado refugio en los brazos del borracho de su amigo. Así la mentira se ha vestido de verdad y la verdad se ha disfrazado de mentira. Lo que esconde Cora, ya no me im.porta. Basem la desprecia y eso me es suficiente. También el verano acabará por descomponerse con las primeras lluvias de septiembre.

Sale.

X

La torpe guerrera

A las puertas del dormitorio de Basem. En la hora precisa del amanecer.

Cora: Basem.

Basem: Perdóname por haberte hecho venir tan temprano. ¿Te habías fijado alguna vez que en el           desierto la luz del amanecer es la misma que la del anochecer? Si te descuidas, si duermes más de         la cuenta, o te emborrachas, y vuelves la vista al cie.lo, serás incapaz de asegurar si está naciendo   otro día o que, por el contrario, te encuentras en el filode otra noche. Mira el cielo, mira cómo se    abre yse hace añicos sobre nuestras cabezas. No hay be.lleza en esta esquina del mundo sino es       en el cielo. Aquí es mejor despegar los ojos de la tierra. ¿Lohabías pensado, Cora? No hay nada        hermoso quesobreviva al tacto de esta tierra. Abrázame. ¿Porqué tiemblas? Abre los ojos y          mírame.

Cora: Me asusté cuando me despertó Isaac. Pen.sé que te había sucedido algo. He escuchado la radio. Sé que me lo has prohibido pero no pue.do soportar estar sin saber qué pasa ahí fuera ¿Cómo han        sido capaces? Ha sido horrible, toda esa gente quemada… ¿Qué está haciendo aquí el Ejército? P          rométeme que te vas a cuidar, que vas a regresar en cuanto puedas.

Basem: Tienes mal aspecto. ¿Has dormido mal?

Cora: Es el calor, Basem. Mañana, después del viaje, podré dormir y descansar después de tantos días.

Basem: Me alegro. ¿Te abrirá el viejo la puerta?

Cora: ¿Qué?

Basem: Aprovecha y duerme en el avión. Te envi.dio, Cora: estás en paz con tus pensamientos. Ese       avión de ahí, ¿lo ves?, en el que te marcharás mañana, ¿sabes qué tiene ahora dentro? Ataú.des.           Han traído doscientos ataúdes para que los “usemos según nos haga falta”. Nos envían ataúdes para los que ahora están dormidos en sus barracones, soñando con sus novias, con sus familias,         algunos estúpidos incluso con darle la gloria a su país. Mira el cielo, mujer, mira cómo se abre.   Ojalá pudiéramos despegarnos de esta tierra. Ojalá que la próxima vez que pilotase el avión tuviese la certeza de que no iba a poner de nuevo los pies en esta tierra podrida. ¿No lo no.tas?          Pisa. Capas y capas de hueso, de sangre, de petróleo. El sol recalienta esta tierra todo el día y       hace que se pudra todo lo que brota en ella, todo lo que permanece sobre ella.

Cora: Deberías descansar, Basem. (Lo abraza.)Quisiera ver a Darío antes de marcharme. Por favor,        levántale el arresto ya. Dijiste un par de días. Quiero despedirme de él. (Deja caer la ca.beza en el     regazo de Basem.)

Basem: (Apartándola.) Falsa, mírame a la cara.

Cora: (A punto de desfallecer.) ¿Por qué soy falsa? ¿Con quién, para quién? ¿Qué te pasa, Basem?        ¿Alguien sospecha algo?

Basem: ¿Por qué tiemblas? ¿A qué has venido?

Cora: ¿Por qué lo preguntas? ¿Qué ocurre, amor mío?

Basem: Habla, Cora, habla antes de marcharte. ¿A qué has venido?

Cora: ¿Por qué me preguntas eso? ¿Qué te pasa? A estar contigo.

Basem: Vamos, júralo y luego desaparece.

Cora: ¿Qué ocurre?

Basem: Vete.

Cora: ¿Qué sucede? (Lo abraza. Basem la aparta de un empujón.) ¿Es por mí? Habla, por favor, habla. Dime qué estás pensando. ¿He hecho algo que te haya enfadado?

Basem: Márchate, Cora. Coge ese avión y olvídate del desierto, de la guerra, de mí. Vuelve con tu        padre, si es que acaso él quiere tenerte a su lado. Márchate ahora. No quiero volver a verte.

Cora: ¿Por qué me hablas así? Habla, Basem, maña.na regreso y no quiero que nos despidamos así.

Basem: Ya que te empeñas en hablar, di al menos la verdad. ¿Lo habías pensado o no pudiste resistir    aquí sola? Cómo no imaginarlo. Tú, que abando.naste a tu padre, que dejaste todo lo que eres por   acostarte con un moro…

Cora: Basem.

Basem: Que me convenciste para cometer esta lo-cura, cómo exigirte que digas la verdad.

Cora: No me hables así, Basem.

Basem: ¿Cómo he de hablarte? Me conoces. Sabes que soy torpe con las palabras. ¿Cómo vas a             convencerme de que eres honesta si has traicionado todo lo que eras por seguirme? ¿Por qué no           me ibas a traicionar a mí? ¿Adónde crees que vas? Perdóname. Busca tú las palabras. Quiero que     me digas quién eres. Pero quiero la verdad. Si abres la boca sólo quiero oírte la verdad. Porque sé        que me estás engañando. Habla, Cora, quiero oírte. Dime la verdad. ¿A qué has venido? (Pau.sa.) ¿No hablas? ¡Habla!

Pausa.

Basem: ¿Dónde has estado esta noche?

Cora: En mi cuarto.

Basem: ¡Mentira!

Cora: En mi cuarto.

Basem: Has estado en el calabozo de Darío, aunque te lo había prohibido. ¿Qué hacías allí? ¡Habla!      ¿Has hecho todo esto por estar cerca de Darío? No puedes ser tan retorcida, no puedes haber.me       convencido de que te trajese aquí para estar cerca de Darío. Pero me mientes y ya no distingo la      guerra de lo que no es la guerra, ni el amane.cer de la noche, ni la verdad de la mentira. ¿Lo       tenías pensado o no pudiste aguantar sola mien.tras yo estaba jodido en el desierto?

Cora: Me estás haciendo daño. Suéltame. Déjame marchar.

Basem: ¿No pensaste que la gente iba a hablar? Esto es un cuartel, maldita sea.

Cora: ¿Hablar de qué? Yo sólo quería…

Basem: ¿No vas a confesar lo que eres antes de marcharte? ¡Habla! (Cora se desvanece. Basem la coge             en brazos.) Mira, Cora, el cielo. Se ha en.treabierto y ha engendrado otro día. O quizá ha     engendrado otra noche. ¿Por qué has hecho esto? Jamás sentí nada como mío hasta que te       encontré. Por primera vez no era un extraño, te pertenecía y me pertenecías. ¿Qué soy yo ahora,        Cora, si tú eres una mentira? ¿Quién soy, Cora? Paseo por los cementerios y veo en las lápidas     los apellidos de mi familia. Pero yo soy el ene.migo, yo soy occidente, yo soy el infiel que les ha   traído la más hermosa de las democracias. Al menos, ellos se aferran a Dios. Pero nosotros Cora,          ¿qué hemos ganado a cambio de dejar de creer en Dios? (La deja en el suelo.) Todo lo que roza    esta tierra está condenado a morir.

Sale corriendo.

Cora: ¿En qué dirección podría correr para salvarmede mí? Los soldados dicen que, no muy lejos,         detrásde las dunas, hay un pueblo. En verano, cuandoel viento sopla con fuerza desde el mar, el        pueblo desaparece bajo la arena. Entonces, sólo entonces, cuando se extingue la tormenta, las     mujeres salende sus casas con el rostro descubierto y arrojan al sol de agosto los pájaros que han   custodiado bajolos techos. Durante todo el día, limpian las calles, los lavaderos, mientras los    hombres duermen en las terrazas. Cuando terminan, se encierran en casa y no vuelven a salir     hasta que el viento cu.bre de nuevo el pueblo de arena. Pensé que era uncuento, una historieta de          los soldados para pasarel rato. Pero el viento arrastra hasta aquí sus vo.ces y las oigo cantar,          detrás de los muros, siemprela misma canción, esperando la próxima tormen.ta para sentir el     abrazo del sol, siempre la misma canción detrás de los muros de arcilla:

         ¿En qué dirección podría correr para salvarme de mí? Perdóname, Basem, por haber callado; y     ese silencio, que yo creí alivio, que yo pensé que serviría para resistir, se ha llenado de miedo y           de mentiras; perdóname, Basem. La guerra ha di.sipado las luces del vínculo antes de lo   esperado; te ha arrebatado la calma y a mí el último de los consuelos. Ahora ya no podemos dar     un paso fuera de la penumbra. Pero, antes de marcharme, me dispongo a entregarte el más           doloroso y perfecto de los regalos: te protegeré con tu odio, te dejaré en el refugio de la rabia y de    la vergüenza; me quedaré el correr decapitado de los días y las lágrimas; me llevaré el espanto y          la desolación para que no te rocen. Éste es mi úl.timo regalo, Basem. Deja de quererme para que   no tengas que llorarme.

El viento empuja la tormenta de arena hasta la base que, perdida en mitad del desierto, parece el casco metálico de un milenario naufragio. Como un mascarón de proa, Cora permanece quieta mientras la luz del amanecer se desgarra en las torretas de vigilancia.

XI

Moscas de verano o Sobh

En el calabozo de Darío.

Basem: ¿Cómo lo mato?

Isaac: ¿Qué? No digas tonterías. Vuelve a tu habi.tación.

Basem: Yo la traje. Yo me dejé convencer. Pensé: “Si ella ha renunciado a todo por mí, no es justo que             yo la abandone”. Por eso accedí, por eso lo arriesgué todo, para no traicionarla. ¿Y ella qué ha            hecho? ¿Qué ha hecho, Isaac, mientras yo es.taba jodido en el puto desierto? Contéstame, tú me abriste los ojos, tú me hiciste ver la traición de Cora, no te calles ahora. Vamos, no sientas       vergüenza, dilo. En la base, todos lo comentan, todos hablan de Darío y Cora, y yo tengo que callarme, tengo que darme la vuelta y golpear las paredes porque no puedo hablar, porque nuestra mentira la protege: Cora no es mi esposa, Cora es una extraña. Y, al final, esa mentira ha          resultado ser lo único cierto.

Isaac: Cálmate, dame la pistola, ¿vale? Eh, eh, mí.rame, Basem, mírame. Tranquilo, tranquilo, dame el   arma, eso es, dámela. (Le quita la pisto.la.) ¡Joder! Cuando termine la guerra y regreses, lleno de         medallas y de rabia, podrás escupirle en la cara. Pero ahora no. Déjala marchar. Y respec.to a         Darío: eres el comandante, busca otra mane.ra de joderle sin ensuciarte las manos.

Basem: No lo entiendes. Ya no soy comandante.

         Hace unos días envié mi carta de renuncia. Iba a soportarlo todo, las humillaciones, la renun.cia,   iba a aceptar cualquier trabajo para estar a su lado y empezar de nuevo. Voy a regresar, sí, pero,          ¿a dónde?

Isaac: Luego tendrás tiempo de reconsiderar tu de.cisión. El Ejército es tu casa, Basem. Esta guerra no          debería llamarse guerra. Ha sido un acciden.te, un desastroso invento de los del petróleo. Pero va            a terminar pronto. Están haciendo el trabajo sucio: se matan entre ellos mientras se les escapa el    petróleo. Ya no tenemos nada que hacer aquí. Estoy seguro de que los mandos estarán      encantados de revocar tu dimisión. Luego volveremos ala instrucción, a las prácticas. No he      tocado nada de tu habitación. Cuando regresemos, todo serácomo antes. Esto ha sido un     accidente, un mal paso. Pero podemos desandarlo. He pensado una cosa. Tengo que enseñarte los          planos. (Basemsaca una pequeña pistola de la chaqueta.) Creo que nunca nadie se ha atrevido a        hacer algo parecido. Voy a convertir este maldito desierto enun vergel. Me voy a hacer rico.         Entonces sí quepodremos dejar el ejército, lo dejaremos todo ynos dedicaremos a no hacer nada, Basem. Lo he pensado mucho. Sólo hace falta mover el… (De repente, un disparo. Sale Basem, con la     pistola enla mano. Isaac, tras unos segundos, se abalanza yse la arrebata.) ¿Qué has hecho? ¿Qué    has hecho, Basem? (Se asoma al calabozo.) Está bien. Mírame. Mírame. Diremos que intentó     quitártela, quetuviste que defenderte, ¿de acuerdo? Quédate aquí, no te muevas. ¿Me oyes? Ahora          no te muevas. Mantén la calma. Él se abalanzó sobre ti, ¿deacuerdo? Tuviste que defenderte. Un    accidente. No, espera. Les diremos que fui yo. Nadie podrá acusarte de haberlo hecho por          venganza. Yo meacerqué, entré y se me echó encima, así que dis.paré. Que no te vea nadie. Dame           esa pistola, eso es. Toma ésta. Así, muy bien. Vamos, vete, ¿no meoyes?, ¡vete!

Basem sale corriendo. Entra Isaac y suenan un par de disparos.

Isaac: (Llega Cora.) ¿Qué haces tú aquí?

Cora: He venido a despedirme de Darío.

Isaac: Vete. Aquí no tienes nada que hacer.

Cora: Déjame pasar.

Isaac: ¿Cómo te atreves a volver aquí?

Cora: No tengo nada que hablar contigo. Aparta.

Isaac: Siempre he despreciado tu insolencia. Mira este uniforme. Soy un militar, éste es mi territo.rio,    me pertenece. Créeme cuando te digo que no estás en disposición de dar órdenes. Aquí sólo has           sido una anomalía que había que resolver. Y por fin va a ocurrir. Alégrate. Podías haber          terminado peor. En este lugar las autoridades son complacientes. Dejan que las adúlteras se         arrojen a los pozos o se ahorquen de los árboles.

Cora: Yo no he engañado a Basem. Bien lo sabes, miserable. No te has despegado de mí, no he po.dido           dar un paso sin sentir tu mirada en la espal.da; cuando tenía unos segundos para estar a solascon           él aparecías tú con cualquier excusa. No pue.des soportarlo. No puedes permitir que alguien tenga    lo que tú deseas pero jamás te atreverás a pedir: porque lo desprecias, porque lo odias, por.que te       gustaría ahogar lo que eres con las dos ma.nos y enterrarlo en lo profundo de la tierra.

Isaac: Cuidado, Cora, cuidado. No todos estamos dispuestos a aguantar tu insolencia.

Cora: Al menos, ten la valentía de decirle a Basem lo que deseas. Atrévete a terminar la partida. Porque, de lo contrario, podría resultar que tu único triunfo es arrebatarle a los demás la posi.bilidad de           ganar. Tú seguirás siempre siendo un perdedor, un miserable que contempla la parti-da sin    atreverse a jugar, hasta que un día no lo aguantes y te pegues un tiro.

Isaac: ¿Qué es lo que quieres? ¿Despedirte de tu amigo Darío? Pues pasa. Acéptalo como mi re.galo de          despedida. (Cora pasa. Unos segundos. Sale). Así termina el juego. Vuelve a tu casa. No me        pongas esa cara. Era un final previsible.

Cora: ¿Qué has hecho?

Isaac: Suena a la excusa improvisada de un adoles.cente: pero yo no he sido.

Cora: ¿Qué has hecho?

Isaac: ¿Estás sorda? Yo no he sido. ¿Cuánta ver.güenza creías que podía soportar Basem? Pero no        desesperes. Ya he pensado la manera de re.solver este contratiempo. Me culparé del crimen. Es         un sacrificio pequeño ante la amistad de dos hombres. Aún puedes darme las gracias. Hasta el         final, Cora, he cuidado de vuestra mentira.

Cora: ¡Miserable!

Isaac: Aparta. Ahora ya podemos despedirnos. Luego, en el avión, tendrás tiempo de recapaci.tar qué   precio hemos tenido que pagar por tus antojos. Creíste que podías imponer tus reglas, hacer que           el mundo se moviera al vaivén de tus caprichos. Pero no tienes ni puta idea. Esto es el Ejército y cuando una pieza no cumple su fun.ción, ha de ser eliminada. Ahora, ¿a qué espe.ras?, márchate.

Cora: Deja que ahora te haga yo otro regalo. Te veo sonreír y seguramente es porque piensas que te has             salido con la tuya, que esto terminó y yo desaparezco de la vida de Basem. Pero, escu.cha bien,           eso iba a ocurrir aunque tú no hubieras movido un dedo.

Isaac: ¿De qué estás hablando? Vete, no tardarán en venir, vete.

Cora: Si te hubieras quedado quieto, si agazapado en tu cobardía te hubieras mantenido al margen,       como un mal presagio que espera su turno, den.tro de unos meses estarías consolando a Basem            sin que yo pudiera estorbarte. ¿No querías saber por qué insistía en venir al desierto? Me estoy          muriendo.

Isaac: ¿Cómo?

Cora: Estoy enferma. Y tú has llenado de vergüen.za y de miseria mis últimos días. Sí, Isaac, ésa es tu victoria, la que sin duda merece alguien como tú. Disfrútala, sonríe, aplaude.

Pausa.

Cora: ¿Dónde está?

Isaac: ¿Qué?

Cora: Mi marido, ¿dónde está?

Isaac: En su cuarto, creo. Espera. Antes de mar.charte, yo no… yo quería, yo creía que…

Cora: Lo que quieras, lo que creas, no me importa. Tú y yo nunca deberíamos habernos cruzado.

Sale.

Oscuro.

XII

Tal es la causa

El cuarto de Basem en penumbra. Por las rendi.jas de la ventana se cuela cobardemente la luz del amanecer. Está sentado al borde de la cama, con el traje de militar en el regazo, frente a la puerta, esperando. Ésta se entreabre. A contraluz, una figura.

Basem: ¿Cora?

Cora: He venido a despedirme.

Pausa.

Basem: ¿Qué ha sido eso? Cora: El viento.

Pausa.

Basem: Lo sabes.

Cora: Sí, y ahora veo que tú también.

Pausa.

Basem: ¿No vas a gritar?

Cora: No.

Basem: ¿No vas a llorar?

Cora: No.

Basem: Sabes la causa, Cora, sabes la causa. Por eso te callas. Te me quedas mirando con la insolencia de quien desprecia su culpa, para que yo me enrede con las palabras, para que me desespere y… Márchate, Cora, vete o…

Cora: ¿O qué? ¿Vas a matarme a mí también? ¿Y después? ¿Te matarás tú? ¿Así termina nuestra           historia, Basem?

Basem: Vete, Cora.

Cora: No, no sin hablar hablar contigo, un segun.do, un minuto, para que las cosas que pertene.cen al    desierto regresen al desierto y las cosas que nos pertenecen regresen a nosotros, aunque sólo sea   para despedirnos de ellas.

Basem: ¿Por qué no me dices que es mentira? ¿Por qué?

Cora: ¿Qué razón puede entender una bestia? De camino aquí he pensado que ya no podrías ha.cerme   daño, que entraría y te escupiría en la cara, que te arañaría los brazos y el pecho y luego te   lloraría, como estoy llorando a Darío, porque la muerte te habría devuelto la dignidad. Pero ahora      que te tengo enfrente y, por mucho que lo in.tento, no puedo dejar de pensar que quizá algo de lo      que amé permanece en ti y que quizá nada de esto hubiera ocurrido si yo no hubiera calla-do. Si       yo te hubiera dicho que...

Basem: (Se pone la chaqueta del traje. Cora le coloca bien un galón, sin acercarse del todo.) Cora…

Cora: No confío en que Isaac te cuente la verdad pero estoy segura, de que cuando transcurran unos     meses y todo haya acabado, descubrirás lo que ahora soy incapaz de confesarte porque temo    desaparecer del todo al decírtelo. Cuan.do ocurra, cuando regreses a casa y alguien te cuente lo     sucedido, te pido que me perdones por ser tan cobarde, por haberte llenado de un dolor que   intenté guardar sólo para mí.

Se oyen voces cerca... Basem se pone el uniforme. Cora se dirige a la puerta que, entreabierta, arroja al cuarto la luz del amanecer.

Cora: Acabar es empezar.

Basem: Cora…

Cora: ¿Qué?

Pausa.

Basem: Nada.

Pausa.

Cora: Adiós. (Pausa, no hay respuesta.) Hasta siempre, Basem.

Oscuro.

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